Yonkis de nuestros miedos
- Ramón Otero

- 20 abr 2023
- 5 min de lectura

No eres fuerte por tus certezas y seguridades, lo eres por tus miedos. Es difícil de comprender, lo sé. Pero es un hecho.
Miedo: Angustia por un riesgo o daño real o imaginario. | Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.
Así define la RAE la palabra miedo. Esa angustia que nos precede antes de una operación de la que no sabemos cómo saldremos. La sensación de adentrarnos en un callejón oscuro sintiendo que alguien camina tras nosotros en silencio. El miedo ha acompañado al ser humano desde que el Tiempo es tiempo.
El miedo es una frontera invisible que nosotros mismos nos ponemos. No se ve, no se toca, pero está ahí, marcándonos el horizonte de lo que podemos y no debemos.
El miedo es para muchos una prisión y para otros un comienzo.
Desde que los fenicios comenzaron a expandirse por el Mediterráneo comerciando con sus naves lo hicieron mediante la navegación de cabotaje, es decir, sin dejar en ningún momento de ver la costa. De este modo recorrieron la costa del continente africano dibujando los primeros mapas que tenemos. Cruzaron el estrecho y tomaron rumbo norte bordeando Iberia para seguir hasta las costas del norte de Europa llevando consigo su cultura y sus conocimientos. Todavía hoy se descubren vestigios fenicios en lugares más al norte de lo que se consideraba que habían llegado jamás. Posteriormente los romanos construyeron flotas basándose en el modelo griego. Trirremes y mercantes de vela con los que transportar mercancías y tropas a lo largo de todo el imperio. Los vikingos en el norte basaron gran parte de su poder bélico en su capacidad anfibia. Gracias a ella llegaron a Britania e incluso cruzaron hasta el norte de América aprovechando los territorios helados próximos al círculo polar ártico. Pero lo hicieron siempre sin perder de vista la costa. Su navegación estaba limitada por el miedo.
Debieron transcurrir siglos antes de que los grandes navegantes de la historia, portugueses y sobre todo españoles, se aventurasen a cruzar los océanos perdiendo de vista la costa por completo. En una época en la que se creía todavía que el mundo era plano y no esférico, aquellos aventureros se embarcaron a “pecho descubierto” mar adentro. Lo hicieron superando las dificultades tecnológicas de su época, pero sobre todo, superando sus propios miedos.

El diario de a bordo de Cristóbal Colón (¿Pedro Madruga?), refleja las dudas que asaltaron al navegante en diversos momentos de su travesía a través del inmenso océano. Ese mismo miedo sentían también Armstrong, Aldrin y Collins a bordo del Apollo 11 rumbo a la luna. Fueron pioneros en el primer viaje fuera de nuestro planeta.
La NASA le había dado a la misión un 50% de posibilidades de éxito. Nixon fue imperativo en aquello. El primer satélite en órbita había sido soviético. El primer astronauta en el espacio también soviético. La luna debía ser suya para que el programa Apollo tuviese éxito. El anhelo no era llegar, sino hacerlo siendo el primero. De ahí que todo fuese tan precario, de ahí que los tres astronautas tuviesen miedo.
Entonces, ¿el miedo es malo es bueno?
Las respuestas neuronales innatas que llevamos programadas, hacen que al sentir miedo, nuestro cuerpo segregue adrenalina. Nuestro corazón comienza a bombear más rápido, las pupilas se dilatan, nos sudan las manos y nos ponemos en alerta sintiendo el riesgo. Es algo primario que nos impulsa a salir corriendo, pues aunque no lo hayamos vivido, durante miles de años, los humanos para decenas de especies salvajes con las que convivíamos, no éramos sino alimento.

Cuando la amenaza desaparece y el miedo se desvanece, lo que segrega nuestro cuerpo son endorfinas que ayudan a regular los niveles de azúcar en sangre y a calmar el latido del corazón para que nos tranquilicemos. Esas endorfinas nos producen placer. Un placer similar al de comer chocolate, o el sexo, pero de un modo más salvaje e intenso.
Comer, follar, sentir miedo. Eros y Tanathos. Todo en un momento.
Durante el Camino de Santiago he cruzado bosques de madrugada. Salir del albergue a las tres y media de la mañana para adentrarme en la oscuridad en silencio con la única compañía del bastón de peregrino y un frontal iluminando el suelo. Los sonidos del bosque cerrado, no ver más allá del débil foco de luz, los ojos brillantes de algún jabalí al acecho, el no saber si alguien camina tras de ti en silencio, los ecos del pasado resonando a cada paso, recordándote que antes de ti, millones pisaron sobre ese mismo barro y combinándolo todo el miedo.
Un miedo que te hace sonreír mientras agudizas el oído y tratas de no respirar para escuchar más allá. Un miedo satisfactorio cuando ves amanecer a solas en mitad de ninguna parte, alejado del ruido de tu vida, siendo capaz de escuchar tus propios pensamientos.
Ese miedo primario que muchos abrazan durante su camino a Santiago, es el que he querido reflejar en Peregrino de un modo directo. El miedo a no saber quién camina a tu lado, o quién es la persona que estás conociendo.

Y vuelvo al comienzo. Eres fuerte por tus miedos.
Lo eres, porque si consigues afrontarlos y superarlos sin perderles por ello el respeto, habrás dado un paso más en tu camino a convertirte en un ser humano completo.
La vida es mejorarse. La vida es dar lo mejor en cada momento.
Todos los días tienes que ser tu mejor versión en algo. Una flexión más que el día anterior, un nuevo conocimiento, el mejor puñetazo de tu vida al saco de boxeo, tu mejor descenso en bicicleta, la fotografía más hermosa que has hecho, o el mejor poema que has compuesto. Da igual lo que sea, la cuestión es que cada día de tu vida, brille por un detalle en concreto y uno de esos detalles puede ser comprender y superar uno de tus miedos.
Cuando los comprendes y asimilas, cuando los haces tuyos y asumes que convivirán contigo, entonces dejan de ser miedo y se convierten en compañeros. ¿Qué te da miedo? ¿Qué te impide realizarte? Analízalo y busca el remedio. ¿Es tu mente, o es tu cuerpo? ¿Es una inseguridad, o algo que la vida me ha impuesto? Miedo a viajar en avión, miedo a no gustarle a la chica que te gusta, miedo al rechazo, miedo a que te peguen o te dejen de lado por lo que piensas...

Que le jodan al mundo. Sé fuerte desde dentro.
Toda tu vida vas a tener que afrontar algún tipo de miedo y la solución no está en negar su existencia. Hoy en día se tiende a normalizar todo y a mantener fuera de la sociedad el miedo y eso no es correcto. El miedo es tan necesario como el placer o la diversión. Es imposible vivir sin miedo. El miedo curte, el miedo nutre, el miedo impulsará las velas de tu nave con más fuerza que el viento. El miedo te llevará más lejos de lo que nadie te llevará jamás si sabes manejarlo. Ese es el reto.
Conocer tus miedos. Estudiarlos. Asimilarlos, hacer que comiencen a formar parte de ti. Ahí es cuando te harás indestructible.

Cuando tus fortalezas sean tus miedos, ahí comenzarás a comprender porqué algunos desde hace años no los tememos, sino que...
...somos yonkis de nuestros miedos.









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