Yo salvaré el Planeta.
- Ramón Otero

- 17 ago 2022
- 9 min de lectura

Será una víctima del sistema. Será quien sufra los errores de esta y la siguiente generación.
Será esa que ahora sueña con ser astronauta, o ese que quiere convertirse en doctor. Será uno de los que tenga que vivir la próxima crisis, o quizás la que ahora juega en el parque bajo el sol.
Será mi hijo, o tu nieta. Será una niña de trenzas con un ojo de cada color. Será el que cada noche ve a su madre borracha sentada ante el televisor, o será la que a pesar de ser apenas una cría, protege a su hermano de los gritos que cada día se escuchan en el salón. Será la que camina mirando al suelo con los auriculares puestos, pues a pesar de ser joven, ya aborrece del mundo su tumulto ensordecedor. Será el que menos habla en clase, o la que llora porque acaba de suspender un examen que preparó. Será Eloy, o será Lucía. Será Carmen, o Francisco. Será Dylan o Anais… Será alguno de ellos, pero será...
El mundo cambiará rápido. Lo hará sin que nos demos cuenta, y mucho me parece, que en los próximos años, será a peor.
Estamos en la horquilla de progreso que marcará el devenir de nuestra civilización. Somos capaces de exterminarnos mutuamente. Tenemos la tecnología para hacerlo, y curiosamente, esa misma tecnología, sería capaz de convertirse en nuestra salvación.
Hace unas semanas, científicos alemanes anunciaban su progreso en los reactores nucleares en que están trabajando. La energía de fusión nuclear, no es ya una epopeya inalcanzable. En una década, o dos a lo sumo, las centrales nucleares serán capaces de funcionar de forma ilimitada dividiendo los átomos de Hidrógeno, creando energía infinita y limpia, liberando al cielo nubes de vapor.
Al mismo tiempo, los reactores nucleares de fisión alcanzan ya su cuarta generación. Lejos queda ya Chernóbil. Las centrales nucleares que comenzarán a construirse en breve, son capaces de aprovechar hasta el 97% el material nuclear fisionable. Esto, además de crear un ciclo “infinito” de reciclado del Uranio, hace que apenas se generen residuos nucleares, optimizando al máximo el rendimiento de estos nuevos “soles artificiales”. Centrales de tamaño y coste inferior a las arcaicas centrales nucleares, serán capaces de alimentar durante siglos a ciudades enteras de varios millones de habitantes.
Los avances se suceden de forma constante, sin embargo, la pobreza energética nunca ha sido tan grande.
¿Por qué? Porque conviene que los de abajo sigamos viviendo en precario, con miedo a que un día todo se apague. Es, como tantas cuestiones de esta sociedad, un caso claro de demencia constante. Nos quieren tristes, nos quieren humillados, nos quieren obedientes, y nos quieren apagados, por eso ahora, por las noches, ni podremos pasear a nuestra perrita mirando escaparates.
—¡Cómprate un coche eléctrico! ¡Salva el planeta!
—Pero el coche eléctrico lo cargo enchufándolo a la red eléctrica. Y la red eléctrica, apenas se alimenta un 10% de renovables. El resto de la electricidad procede de quemar gas y carbón en plantas muy contaminantes.
—¡No pienses! ¡Obedece, o tendremos que censurarte! Cómprate un patinete. No viajes. No comas carne.
Y el que te lo dice se sube a su yate, viaja cada año a Mykonos, y cena subiendo fotos a Instagram junto con Salt Bae.
Y el mundo gira, y las estrellas, indiferentes, a miles y miles de años luz en el cielo, en este mismo instante, contemplan silenciosas, como unos cuantos monos se bajan de los árboles. Para ellas, todavía no existen humanos. La imagen que les llega, es la de nuestros ancestros no evolucionados, luchando por sobrevivir en un mundo virgen, natural y en el que no se atisba la tecnología actual por ninguna parte. Para alguien situado en esas estrellas lejanas, a las que la luz tarda miles de años en llegar, la Tierra es un planeta que acaba de descongelarse y que desborda vida por todas partes. Los simios que algún día darán lugar a la raza humana, temen la noche y comienzan aún ahora a comer carne. Esos, los omnívoros que dejen a un lado la dieta estrictamente vegetariana, verán generación tras generación, como su cerebro no para de incrementarse. Con una mayor capacidad y sobre todo complejidad cerebral, surgirán las herramientas para cazar. Más adelante lo harán el fuego y las palabras. Luego vendrá la recolección, las culturas, las religiones, las armas, la escritura, la rueda, la imprenta y la pólvora, la arquitectura, los viajes en barco a través de océanos inconquistables, la máquina de vapor, el motor de combustión, el Ford T, los hermanos Wright, la bomba atómica, el transbordador espacial, Neil Armstrong, Carl Sagan, y finalmente el James Webb, no sin antes su padre, el incombustible telescopio espacial Hubble.
La evolución. La evolución nos ha traído hasta aquí en apenas un instante.
Somos una raza curiosa. Una, capaz de las crueldades más absolutas y las hazañas más grandes. Somos hijos que buscan un padre. Somos náufragos que llaman a gritos en la noche, con la esperanza y a la vez el miedo, de encontrar a alguien con quién comunicarse.
En ese "impasse" estamos. En el borde de un abismo incierto sin cuerdas ni sujeciones. Jugando a ser Dios, sin haber sido capaces de acomodarnos a este pequeño planeta. Buscando en el pasado, repetir los mismos errores que hicieron que se mataran nuestros padres.
La humanidad no dará jamás un salto hacia delante, mientras las siguientes generaciones sigan alimentándose del odio por el que otros sangraron antes.
Puede resultar difícil de comprender, pero la realidad, es que a una pequeña parte de la sociedad, le interesa que la mayoría esté sumida en la mierda, viviendo en un miedo constante.
Vivimos en una sociedad feudal. Lo hemos hecho siempre, solo que los nombres y las apariencias se han ido variando para que las cosas parecieran ir a mejor, y que no nos diésemos cuenta que nos engañaban de forma constante.
Hace quinientos años, en Europa, solamente dos clases de personas vivían bien: los miembros del clero, y las familias de los señores feudales. El resto, la prole, sobrevivían intra o extra muros de los castillos y conventos, malviviendo en el fango y durmiendo junto a los animales.
Los dueños de las tierras las alquilaban a granjeros que las explotaban y a cambio pagaban un alquiler. La iglesia, a su vez, exigía un pago a cambio de protección, ya fuera esta de los enemigos bárbaros o del propio Dios. Se entregaba una parte del grano al clero, y al señor feudal y su familia la otra parte. Se pagaban impuestos y con lo que quedaba, se trataba de sobrevivir al invierno, únicamente con la esperanza de que la siguiente cosecha fuese mejor y las cosas, simplemente, no empeorasen. Lo mismo que ahora, pero sin redes sociales.
Duques, condes, marquesas, nobles todos y todas… se repartían las tierras y mantenían un ritmo de vida que solo ellos conocían, pues mientras los campesinos, con suerte, comían gachas dos veces al día y bebían agua y vino agrio, ellos, en sus castillos y palacios, desayunaban, comían y cenaban carne.
El conocimiento estaba controlado por la Iglesia. Ella regulaba lo que se podía o no saber. Ciertas creencias se consideraban herejías. Ir en contra de ellas podía llevarte a la horca, o peor aún, a una pira de madera en la que quemarte. La ciencia era cosas de religiosos, pues de esta forma, no se podrían abrir puertas de conocimiento que expandiesen los horizontes de aquellos simples campesinos.
La verdad estaba escrita en piedra, y Dios no podía cuestionarse.
—Si solo se preocupan de comer cada día, no podrán revelarse. —decían los dueños de las Tierras.
—Si no conocen su pasado, estarán demasiado perdidos como para cuestionarse nuestras verdades. —sonreía el clero.
Las desigualdades eran brutales. El poder estaba concentrado en una parte ínfima de la sociedad. Una inmensa mayoría de gente trabajaba para que unos pocos pasase su existencia de orgía en orgía, y se lucrase.
Tuvieron que pasar varias revoluciones para que eso cambiase, pero como decía Serpiente Plissken en Rescate en Los Ángeles...
“Cuanto más cambian las cosas, más siguen igual”.
La aristocracia de duques, marquesas y condes se tuvo que maquillar. El poder, antes concentrado en unas cuantas familias en toda Europa, ha permanecido, eso sí, inalterable. Son apenas doce árboles genealógicos los que ostentan el 85% de la riqueza mundial. Lleva siendo así desde hace siglos, solo que ahora, tenemos democracia en lugar de señores feudales. Seguimos pagando tributos, solo que ahora lo hacemos a un estado. La Iglesia, (o el Islam) eso sí, continúan inalterables.
Los políticos son la nueva burguesía. Ellos juegan su partida viviendo a costa de nuestro trabajo. Lo hacen independientemente del color de sus siglas. Quieren que tú comas gusanos y no viajes, mientras ellas veranean en Ibiza con sus amigas, haciendo barbacoas en sus yates.
Y la gente sigue peleándose, repitiendo sus siglas. La plebe continúa dándoles la energía que necesitan, y ellos interpretan su papel en la obra teatral de la política, mientras los que sufren sus consecuencias se implican, en lugar de revelarse.
Los castillos son ahora urbanizaciones. Las carrozas son coches blindados con chófer. Los tributos son impuestos, las marquesas, ministras, el clero sigue siendo el clero y la plebe, es esa que ves reflejada en el espejo cada mañana a las seis, mientras te afeitas escuchando tu radio favorita, esa misma que ellos financian para que, sin que lo sepas, adoctrinarte.
Y lo hacen con todo.
La economía es la herramienta principal de miedo.
Lo ha sido la salud, la religión, el sexo y ahora lo son las diferencias culturales. En unos años, lo creas o no, lo serán los extraterrestres, por eso, de forma subrepticia, están comenzando a prepararte.
Los que llevamos décadas informándonos de forma objetiva sobre las teorías de los antiguos astronautas, los ovnis, la vida extraterrestre, o como quieras que se llame, vemos con desconfianza como desde un tiempo a esta parte, los principales gobiernos mundiales están comenzando a desclasificar archivos clasificados como secretos sobre el fenómeno OVNI. El incidente Tic Tac, la reciente comisión del congreso de Estados Unidos sobre los expedientes de la Marina, y sus encuentros con naves de apariencia extraterrestre, pone el foco de la opinión pública sobre la posibilidad de que estemos siendo visitados por seres de fuera de la Tierra desde hace años.
Nos introducen este tema de una forma superficial. Al estilo de la prensa amarilla, sin ahondar en la verdadera esencia del asunto. Se hace sin hablar de que hace ya cinco mil años, en culturas de Sudamérica, Sumeria, Asia y Egipto, se representaba en textos y grabados, la presencia de seres de otros planetas conviviendo entre nuestros antepasados. Se les llamó de decenas de formas distintas, pero todas eran lo mismo. Expresiones culturales que dejan patente que esos seres contaban con una tecnología que ni siquiera hoy tenemos cerca. Tampoco se abordan casos, ni vivencias reportadas por testigos contrastados durante años. Testimonios de personas como el presidente Ford, el reputado siquiatra John Mack (que durante años estudió casos de abducidos) o el propio Papa Juan XXIII, que llegó a entablar contacto personal con unos seres “no humanos” que descendieron de un platillo volante en los jardines del Vaticano.
Utilizarán la vida fuera de la Tierra, como una nueva forma de miedo.
Lo harán para justificar el gasto ingente en armamento con la excusa de defendernos. Lo harán del mismo modo que utilizan la Naturaleza para machacarnos con restricciones e impuestos.
No tendrás nada y serás feliz. Ese es el lema de la Agenda 2030. No tendremos nada. Ellos, los nuevos nobles, sin embargo, no dejarán de vivir en la opulencia.
La información se controla ahora más que jamás en ningún otro momento de la historia. El control es el palo, el miedo la zanahoria. Nosotros, somos los asnos que caminan mirando al suelo, mientras ellos montan su fiesta en la carreta que arrastramos cuesta tras cuesta.
Y vuelvo al comienzo. A que te compres un coche eléctrico para no contaminar, y lo enchufes a una central que funciona con el carbón que llega a España en cargueros procedente de Sudáfrica, ya que es más barato que el de nuestra cuenca minera, esa que lleva décadas cerrada. ¿Por qué es más barato? Porque a los mineros aquí se les paga, allí se les explota.
Hazlo todo para salvar el planeta. Reduce tu huella...bla bla bla, y en el supermercado, los plátanos de Canarias, cuestan casi el doble que las bananas que cruzan el Atlántico en un carguero procedente de Venezuela.
El cambio que necesitamos será drástico. Lo será para bien o para mal. Será el escalón que defina si la raza humana evoluciona hasta convertirse en una civilización capaz de viajar a otras estrellas, o simplemente fenece víctima de la élite selecta que desde hace siglos la maneja.
Perdurar y dar el salto interestelar, o consumirnos en las cenizas de la guerra. El tiempo lo dirá.
Ni tú ni yo cambiaremos nada. Ni tú ni yo seremos quienes activen la palanca que detone el sistema, pero quizás, ahora mismo, estemos criando a quien sí pueda marcar la diferencia.
Será esa niña que juega sola en el recreo, o será el niño sin recursos que roba libros en la biblioteca. Será la gordita que sueña con que la dejen en paz, o el rarito de gafas capaz de calcular integrales y derivadas en su cabeza. Será la niña sin incisivos que quiere convertirse en doctora, para crear la vacuna contra el cáncer que sufre su madre, o el niño que luchará por revertir el Alzheimer que ha borrado la memoria de su abuela…
Será cualquiera de ellos. Será aquel a quien el Destino le tenga reservado ese privilegio, o será la que se labre su propio futuro con trabajo, esfuerzo, dedicación y Pa-Ciencia… Será quién menos te lo esperas, pero ahora mismo, en alguna parte del mundo, un niño juega a solas en su habitación y sonríe mientras susurra para sí.
—Yo salvaré el Planeta…









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