Vidas pasadas
- Ramón Otero

- 12 feb 2023
- 6 min de lectura

Recuerdo vidas que no he vivido. Recuerdo instantes que se han quedado lejos en el tiempo, del mismo modo que recuerdo un sueño de hace semanas.
De niño era consciente de que había sido alguien antes de haber nacido. Antes de que la escuela y la sociedad vertieran sobre el continente vacío de mi inocencia todo eso que se nos dice es lo debido, era capaz de entender con naturalidad que, en algún otro momento de mi existencia, en otro cuerpo, en otro tiempo, de algún modo, yo mismo ya había existido.
Son cosas de las que no se hablan en público por vergüenza. Cosas que uno piensa para sí sin contárselas a nadie, porque nadie en su sano juicio, creería lo que le estamos diciendo. Eso pensamos, y por eso no lo decimos, pero en realidad, somos muchos los que en algún momento de nuestra vida hemos sentido que en alguna otra parte que no somos capaces de ver ni escuchar, tal vez, y solo tal vez, hemos vivido antes de haber nacido.
Nos sucede con personas con las que empatizamos desde la primera vez que coincidimos. Es su forma de sonreír o su mirada. Es el modo en que mueve sus manos, su olor, o el simple deje de su voz el que nos resulta familiar y nos susurra “Ya nos conocíamos”.
Sucede con lugares, con momentos, con sensaciones y sentimientos. Sucede sin que lo entendamos, porque hay miles de millones de conceptos que esperan todavía a ser descubiertos.
Un niño nace en Estados Unidos, es blanco, descendiente de padres irlandeses, sin embargo, con apenas cuatro años llora cada noche soñando que muere en un incendio. Su madre lo lleva al psicólogo, al psiquiatra incluso y ninguno de ellos encuentra solución a qué le pasa. Desesperada porque cada vez más a menudo ese sueño se repita, comienza a buscar en internet noticias sobre ese supuesto incendio y una noche encuentra algo que hace que se replantee su vida y la deja sin palabras.
Tras mostrarle lo que ha encontrado a su marido, recortan una fotografía y la colocan entre un montón de otras fotografías similares. Cuando le preguntan al niño si reconoce alguna de las personas que aparecen en ellas, el niño señala una y se los queda mirando.
—Esta era yo —dice sin dudarlo.
Sus padres cruzan Estados Unidos. Sin decirle nada a su hijo, lo llevan a un barrio afroamericano. Allí localizan a una familia, los reúnen a todos y colocan al niño en el centro del salón de la vivienda. Sin dudarlo, entre lágrimas, ese niño de piel lechosa y ascendencia irlandesa, recuerda el nombre de todos y cada uno de los hombres y mujeres de esa familia de afroamericanos. Lo hace dando detalles de todos y cada uno de ellos, pues todos eran su familia. La familia de Pam, la mujer negra que falleció en Chicago en 1993 tras saltar por la ventana de un edificio tratando de huir durante un incendio.

Hay un detalle todavía más curioso respecto a la glándula pineal, y es que esta parte de nuestro cerebro se manifiesta a los 49 días de formación del feto. 49, son también los días que según el Libro Tibetano de los Muertos, tarda el Alma de una persona en cruzar los siete bardos ( de siete días de duración cada uno) antes de poder reencarnarse en otra persona. De todo ello hay un extenso estudio llevado a cabo por el doctor Rick Strassman

Descartes definía la glándula pineal como el asiento del alma. El lugar por el cual nuestro cerebro se comunica con el “más allá”.
La representación artística de la glándula ha sido siempre a través de una “piña”, la cual se puede encontrar en multitud de banderas, escudos y demás documentos históricos.

Del mismo modo que hay un cordón umbilical que nos alimenta mientras estamos en el vientre de nuestras madres, hay otro cordón que durante toda nuestra vida nos mantiene unidos a ese “más allá” del que hablaba Descartes.
Hay personas que cortan ese cordón en su infancia, otros lo mantenemos toda nuestra vida activo.
No recuerdo haber sido un legionario romano, pero sí recuerdo el aroma de las fogatas y el rumor de las copas de los árboles en Germania. Recuerdo la camaradería y el barro en mis sandalias. Recuerdo el sabor de las gachas y el sonido de mi acero al aceitar la hoja de mi espada. Recuerdo a un legionario con un parche en el ojo ajustándome la coraza, y a ese mismo camarada yaciendo en el campo de batalla escupiendo sangre por la boca, luchando por decirme sus últimas palabras.
“Visam te in vita mea, frater”. Nos vemos en la otra vida hermano.
Los romanos, al igual que muchas otras de las culturas que los precedieron creían en la metempsícosis. El propio emperador Caracalla se consideraba la reencarnación de Alejandro Magno.
Esta idea arraigó en las culturas que sucedieron a la romana, pues al fin y al cabo, la base de la sociedad actual, es Roma. Tenemos como herencia su ordenamiento territorial (provincias) sus leyes, sus festividades, sus prejuicios y como no, hemos heredado también su mitología y sus miedos.
El miedo a la nada. Quizás ese sea la base para todo esto. El miedo a que más allá del horizonte de nuestra muerte no haya nada.

Vivimos a ciegas, caminando hacia una puerta que a todos nos espera. Da igual que seas millonario o no tengas nada. Da igual que no sepas leer, o que tengas un Nobel en el salón de tu casa, la Muerte a todos nos iguala. La Muerte, nos reduce a nuestro mínimo común múltiplo, a nuestra humilde condición de organismos con una fecha de caducidad marcada.
“Rabia, rabia contra la luz que se esconde…”
A la muerte se la ha tratado de convertir en poemas, en novelas, en películas, en canciones, en cuadros, esculturas… Sin embargo, no hay forma de representarla, pues de ella no sabemos nada.
La Muerte puede ser el Todo con toda su importancia, o puede ser la nada. Puede ser el final de una existencia, o una cortina de satén negro que debemos cruzar en una fiesta para llegar al reservado donde otras experiencias nos aguardan.
La respuesta a todas las cuestiones que la Muerte nos plantea, la tienen Marilyn Monroe y Ayrton Senna. La tiene tu padre al que tanto echas de menos y mi abuela Encarna. La respuesta, está en manos de personas a las que amamos a pesar de que hace tiempo que se fueron, pero ellos no pueden decirnos nada. Esa respuesta, algún día, tú y yo, también la sabremos.
Es algo tan natural como que amanece cada mañana, por eso no hay que darle importancia, y por esto último precisamente, es por lo que tiene toda la puta importancia.
Vivir cada gota de vida con ganas. Sentir, aprender, intentar, fracasar, perseverar, mejorar, luchar, leer, llorar, conocer, amar, reír, mentir, sonreír, volver a fracasar, perder, ganar, y al final, después de todo, dejar un legado en forma de algo que permanezca cuando no estemos aquí ya.
Porque si nada importa nada, de qué vale preguntarse si hay algo más.
Siendo niño, antes incluso de leer sobre la segunda guerra mundial, soñaba que moría en una playa. Era un sueño recurrente lleno de desesperación por no poder hacer nada. Me sentía triste cuando me despertaba, muy triste. Me iba al colegio con una nube negra en la cabeza, sintiendo que quería encontrar una explicación a aquello que soñaba.
Fue con los años, cuando comencé a leer sobre la segunda guerra mundial, que conocí la historia del día D.
La Operación Overlord.
Seis de junio de 1944. La mayor operación anfibia jamás realizada. Ciento treinta mil hombres. El ejército aliado tratando de establecer una cabeza de playa en Normandía para desde ahí comenzar a recuperar la Europa conquistada por los nazis. Jóvenes soldados norteamericanos, canadienses, británicos y de más países desembarcaron a primera hora de aquel seis de junio en las playas denominadas Sword, Juno, Utah, Omaha… Al final de aquel día, diez mil de aquellos jóvenes yacían muertos en la arena o flotando en el agua y en mitad de todos ellos, un gallego. Manuel. Manuel Otero.

Leí sobre quién era y sobre las circunstancias que condujeron su vida hasta terminar en aquella playa y sentí algo que no se podría describir con palabras. ¿Casualidad? No lo sé. Tal vez. Lo que sí sé, es lo que siento cuando vuelvo a soñar con aquella playa. La emoción de recordar algo que no he vivido. El saber que hace más de dos mil años he estado junto a aquella hoguera aceitando mi espada en un bosque de Germania, que he pisado una mina y muerto en aquella playa de Omaha...
Quizás todo es fruto de mi imaginación. Quizás solo son ecos de vidas pasadas que de algún modo algunas personas captamos de forma innata.
Lo que sí sé, es que aún hoy, a pesar de ya no ser un niño, mi vello se eriza al recordar vidas que quizás nunca fueron mías, pero que, de algún modo, para mí, no dejan de ser vidas que merecen ser recordadas…
Vidas pasadas.









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