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Una playa


Costa de Cabo Udra.
Cabo Udra


Lo que ves en esa imagen de la costa del Cabo Udra, algún día será una playa.

Harán falta millones de años, para que día tras día, la fuerza de las olas golpeando, consiga erosionar las rocas convirtiéndolas en arena. Será un proceso largo, y seguramente cuando eso suceda, ya no queden humanos para ver esa playa.

Todo lleva su tiempo. Todo, en esta vida al menos, requiere de cierta paciencia. Sin embargo, parece que a medida que la sociedad avanza, la tecnología va en una dirección y la paciencia y la constancia en la opuesta.

La cultura de supermercado se ha impuesto. Queremos el aquí, y el ahora. ¡Y lo queremos Ya!

Queremos viajar rápido, comida rápida, comprar rápido, y lo queremos ¡ya! Y al instante siguiente de tenerlo, nos hemos cansado y estamos buscando otra satisfacción pasajera que nos distraiga de forma momentánea.

Es la cultura del supermercado. Tenemos de todo. Podemos comer lo que sea, y nada nos llena.

Hay aplicaciones para comprar casas, muebles, coches, viajes, películas, e incluso pareja. Tinder, Lovoo, Badoo, Meetic...etc,etc.

Queremos la inmediatez, y por culpa de eso, no distinguimos los caprichos, de aquello que verdaderamente nos llena.

Evidentemente no todos somos así. Muchos, (cada vez más) hace tiempo que simplificamos. Compramos ropa solo por necesidad, no por capricho. Cambiamos de teléfono móvil al cabo de siete años, o porque se ha quedado desfasado, y hemos aprendido que todo se saborea mejor yendo despacio, antes que atajando.

Todo el mundo es bueno. Todo el mundo es guapo. Todo el mundo sonríe y tiene una vida como la de un actor de Hollywood. Abro Instagram y no veo más que influencers y modelos de baño. Y no lo digo porque posen en traje de baño, lo digo porque su gusto para la fotografía, parece que se despierta siempre que están en el baño, mientras se sacan fotos al espejo, en las que se ve la tapa del inodoro abierta, la escobilla de limpiar el gotelé y el papel higiénico.

Hace unos meses, mientras me documentaba para una novela, me encontré con una página de psicología norteamericana, en la que se hablaba de un síndrome relativamente moderno que cada vez está en mayor auge en nuestra sociedad.

El síndrome Blancanieves.

En dicho artículo, la doctora que lo escribía, hablaba acerca de los casos con su pacientes, la mayoría personas de cincuenta años en adelante, que tras haber superado esa barrera, comenzaban a sentir miedo sobre su aspecto físico. Y utilizaba esa palabra, miedo, no inseguridad ni tristeza, sino miedo.

Me hizo pensar más sobre ello, y ahí me di cuenta de la paradoja de la vida que vivimos. Queremos que todo sea rápido, inmediato, excepto el tiempo.

Queremos vivir rápido, pero que el tiempo pase despacio.

Pensé también en todas las personas jóvenes que conozco, que en realidad ya son viejas. Apenas treinta años y están más quemadas que el cenicero de un bingo. Una existencia gris, los hombros caídos, y verlos caminar por la calle arrastrando sus penas. En mi anterior destino, tenía un compañero que personalizaba esa imagen. Tanto él como su mujer no llegaban a los cuarenta, pero la energía que ambos desprendían, era la misma que se respiraba en el funeral de mi abuela.

Por otro lado, veo cada día almas jóvenes, sonrientes, y llenas de luz, metidas en cuerpos de cincuenta o sesenta. Son personas que sonríen, que se alegran al darte los buenos días, y desprenden una vitalidad envidiable. Esas personas, son las que cuando te dicen su edad, te dejan con la boca abierta.

Estas personas suelen ser las que saben vivir sin prisa, conscientes de que cada cosa tiene su momento. Tan importante como esto, es saber esforzarse para conseguir lo que queremos. Las derrotas nos enseñan más que ninguna otra cosa, por eso, aquellos que hemos perdido en multitud de ocasiones, sabemos que el éxito requiere de paciencia, ensayo-error, constancia y mucho esfuerzo.

Mi hijo apenas aprende a caminar, y en él lo veo. Quiere trepar por todas partes. El sofá es el Anapurna para él. Le cuesta, gruñe, se esfuerza, se enfada y lo intenta de nuevo. Es tenaz, y ojalá que siempre lo siga siendo. Su madre y yo tenemos claro que queremos educarlo con valores de constancia y esfuerzo.

¿Quieres algo? Lucha por ello. Esfuérzate, falla, inténtalo de nuevo. Si te rindes a las primeras de cambio, es que no era tan importante para ti como pensabas en su momento.

Hay un grave problema de apatía en la sociedad. Lo ves en los jóvenes más que en los viejos. La generación de cristal, los llaman. Todo es una excusa para no conseguir el éxito. Todo sirve con tal de echarle las culpas a otro de no haber cumplido un sueño. Un sueño...

¿Qué es una vida sin sueños? Una travesía por el desierto.

Hace muchos años, cuando vivía en Tenerife, conocí a un hombre que ahora lleva tiempo ya lejos. Era alemán, había pasado las penurias de la posguerra en una Alemania devastada, tenía más de sesenta años por entonces, y su mujer, su única mujer, había superado dos cáncer de pecho. Peter, se llamaba... Solo estuve con él una tarde. Él me hablaba en alemán, y yo, que por entonces estaba algo más suelto en el idioma teutón, le entendía más o menos. El caso es que, poco a poco, durante aquella tarde, fuimos encontrando un diálogo en el que comprendíamos perfectamente lo que nos estábamos diciendo. Nos comunicábamos con toda naturalidad, de un modo casi mágico, pues mi vocabulario era limitado.

Él me habló de su vida, de sus viajes en avioneta por Europa, y de sus sueños. Me habló de filosofía y de la vida en sí misma. Yo escuchaba y preguntaba, pues era consciente de que estaba ante una persona con un mundo interior inmenso. Solo estuvimos juntos aquella tarde, y le recordaré siempre con una cariño sincero. Peter murió años más tarde de un cáncer, creo. Tengo claro que cuando murió, seguía siendo joven por dentro.

La pasión por la vida, es lo que nos rejuvenece por dentro.

La pasión, es lo que hace que le pongamos ganas y empeño a todo lo que hacemos. Con pasión, el esfuerzo no será doloroso, y el fracaso, será pasajero, pues sabiendo lo que de verdad queremos, volveremos a intentarlo más fuerte, mejor, más intenso.

Perseguir metas, tener sueños, es como mirar a las estrellas en la noche, y sentir que recorremos la distancia que nos separa de ellas en un momento. Soñar es necesario y es lo que nos aporta energía en un día a día, que a veces se hace tedioso hasta el extremo.

Esas metas que nos marcamos, esos desafíos y retos, son los únicos capaces de empujarnos hacia delante, haciendo que no desistamos a las primeras de cambio. Por eso, a todas esas personas que veo viejas por dentro y que han bajado los brazos, las compadezco. No porque su interior sea gris, sino porque han perdido sus sueños.

Por eso sueña, y al despertar lucha por conseguir ese sueño. Sé tenaz como mi hijo escalando el sofá. Ponle pasión a todo, igual que hacía Peter, ese al que siempre recuerdo, y así, por más tiempo que pase, por más años que cumplas, nunca llegarás a ser viejo, pues serás joven por dentro.

Porque la vida es alcanzar metas, disfrutar momentos y cumplir sueños. Y mientras hablamos, las olas siguen batiendo contra las rocas de Cabo Udra, y lo seguirán haciendo los próximos millones de años incesantemente, hasta convertir todo ese litoral, en una playa.


 
 
 

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