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¿Tú sabes respirar?


Hoy quiero dejaros aquí uno de los relatos que forman parte de mi primer libro, "Relatos para soñar".

Escribí este relato en 2018, varios años antes de la pandemia y de la guerra de Ucrania. Leyéndolo ahora, siento cierta incomodidad porque varias de las cosas que figuran en él ya se han cumplido. Espero equivocarme en el resto. Espero que el tiempo no me dé la razón cómo se la ha dado a Orwell. Lo espero honestamente, porque quiero un futuro sea un lugar lleno de paz, libertad e ilusión. Un mundo que merezca la pena ser vivido, no ya por mí, sino por mi hijo.

Ponte la canción en bucle, abre tu mente y echa un vistazo a este relato que mi "yo del pasado" dejó escrito.

Gracias por estar ahí. En unos meses tendremos noticias sobre "Peregrino".


Programas que escriben programas para mejorar la sociedad. Así los presentaron hace más de un siglo.

El mundo se iba a convertir en un lugar más verde, más humano, más justo y más limpio. Quizás, esa fue la primera intención que tuvieron aquellos que concibieron la nueva inteligencia artificial en el MIT, pero sin duda, todo se fue a pique por el camino.

La oportunidad de reducir la humanidad en más de un tercio se presentó y los que manejaban los hilos aprovecharon para llevar a cabo un plan oculto a los ojos de la mayoría. Controlando la población, controlaban el mundo en sí mismo. Las guerras, la hambruna, la crisis económica más grande de la historia, la del año dos mil cuarenta y cinco. La élite global, un grupo reducido, llevó a cabo el plan y en apenas veinte años, consiguió quitarse del medio a casi un tercio de los humanos.

—Vivimos demasiado. — habían comenzado diciendo en los inicios de siglo miembros de la Unión Europea.

Ya en los lejanos años setenta, Kissinger lo había dejado por escrito. Controlar la población mundial era un pilar básico para el Nuevo Orden Mundial Establecido. Los recortes de libertades llegaron desde el once de septiembre de dos mil uno. A cada año que pasaba, una nueva forma de control surgía y todos aceptaron porque confiaban en que las nuevas medidas eran para su propio beneficio.

—Su seguridad es lo primero. — decían los políticos.

La primera mitad del siglo veintiuno se convirtió en una de las etapas más oscuras de la humanidad. Los que detentaban el poder se dieron cuenta de que no nos necesitaban, que éramos demasiados y causábamos mucho ruido. Empezaron con el miedo, el miedo a todo. A la guerra, a la economía, el miedo a los inmigrantes, a los cataclismos, el miedo se hizo tan presente en la sociedad, que hasta las mascotas comenzaron a sufrir el estrés de sus dueños.

—Las vacas no dan leche. Están estresadas. — decía un ganadero en las noticias del año dos mil veinte.

Del miedo surgieron de nuevo los nacionalismos. «Lo mío es mío, fuera de mi tierra». Naciones florecían allí dónde nunca habían existido. Alentados por el miedo de la gente, se erigieron falsos líderes que solamente querían lucrarse a sí mismos.

Brotaron guerras en Europa, que vivía en paz desde hacía casi un siglo. La libertad de expresión, fue reducida al mínimo. El sentido del humor se volvió gris y como en Momo, el libro de Michael Ende, el mundo se convirtió en un lugar carente de colores y emociones.

Poco a poco, la luz se hizo más tenue, y llegado el año dos mil cuarenta y cinco, los que mandaban, dieron su última estocada al plan y derribaron la economía mundial.

Los pobres quedaron aniquilados. La clase media se convirtió en simples funcionariado y los ricos, se volvieron inmensamente ricos. Al mismo tiempo surgió la gran epidemia.

El Silencio la llamaron, ya que fue letal para casi un tercio de la humanidad, y el mundo enmudecía al paso de este virus sintetizado en un laboratorio de seguridad nivel 4.

Desde oriente dónde se originó, se extendió por todo el planeta, igual que la peste negra hacía siglos. El avión fue su medio de transporte favorito. Diseñada para mutar cada cierto tiempo, buscaba patrones genéticos definidos. Grupos raciales como los gitanos, los kurdos, ciertos asiáticos, africanos de la cuenca del Nilo, y en América todos aquellos que aún tenían en su ADN, restos de sus antepasados indios, fueron literalmente exterminados.

El cielo se tiñó de gris, y llovió ceniza durante décadas, mientras en las antiguas centrales energéticas, se quemaban cuerpos las veinticuatro horas del día. Se hacían funerales masivos. Pueblos enteros del norte de Turquía quedaron vacíos. Lo mismo pasó en Armenia, Azerbaiyán, Turkmenistán, y muchas islas del Pacífico. En India y Nepal, quedaron al borde del colapso cuándo no había personas suficientes para recoger a los fallecidos. Después del cuarto año, vieron bien aprovechar la quema de cadáveres para generar electricidad.

Si hubieras estado allí, habrías visto cómo la televisión narraba cada día los muertos que la epidemia causaba, en el espacio libre que dejaban las noticias sobre la guerra en Europa, África, Venezuela e Irán. Lo curioso, era que, entre una tragedia y otra, seguían anunciando dentífricos y perfumes, y podías enviar un mensaje para apadrinar en Laos a un niño.

Las mismas personas que causaban las guerras, por otro lado, creaban la ONG de turno que actuaban en los lugares de conflicto.

—Es lo mismo que si mañana vamos a casa de Juan y se la quemamos. — le decía un padre a su hijo— Y luego, estando allí, mientras los bomberos tratan de apagar el fuego, nosotros nos ponemos a pedir ayuda a los vecinos, ¿entiendes hijo?

—¿Pero entonces para qué quemar su casa papa? — le respondía su hijo.

Más de una década duró la epidemia. Fue tan grave que acabó con todas las guerras del mundo. Los soldados morían más rápido a causa de la enfermedad, que por las balas del enemigo. La crisis económica duro casi el doble, pero fue el menor de los males. Para entonces, en el mundo quedaban dos tercios de las personas que a comienzos de siglo.

—Una oportunidad. Una nueva forma de vivir se nos presenta. — decía el presidente de Estados Unidos en la asamblea de la ONU— No cometamos los mismos errores. Aprovechemos este nuevo reinicio para mejorar.

Nunca se supo quién liberó aquella pandemia, de qué laboratorio salió la primera cepa, o quién tuvo la culpa de semejante genocidio, pero en la ONU recolocaron muchos sillones, pues varios de los países miembros, durante esa década, habían desaparecido.

Mano de obra eficiente. Inteligencia artificial. Llegaron para ocupar el nicho que había dejado libre tanto ser humano desaparecido. Trabajadores baratos que no tenían sindicato ni descanso. No dormían, ni necesitaban seguro médico.

La era de los robots en su pleno apogeo llegó, cuando nosotros casi nos extinguimos.

Al principio fueron solamente máquinas que cumplían una función, pero en seguida un sector de la clase privilegiada, exigió otro tipo de beneficios.

Piel artificial, expresiones y tacto tan suave como la piel de un bebé. Inteligencia artificial en el cuerpo de adolescentes preciosas. Nada de lo que hicieras con ellas, podría considerarse delito. El mercado se saturó. Se hicieron miles de millones con esos robots. Hombres, mujeres, niñas, niños. Había para todos los gustos. Podías comprarte a Marilyn Monroe, o a Marilyn Manson; tú mismo. La depravación de una persona, siempre está a salvo en su propio domicilio. Ancianos que encargaban el modelo menor de edad, vestida con uniforme y coletas.

—Puede encargarla con corrector bucal por tan solo un dólar más. — repetían las que atendían los pedidos vía tele chat.

Entonces, poco a poco, esos robots de apariencia tan humana, se fueron introduciendo en la sociedad. Lo hicieron para servirnos, para llevarnos de viaje, para guiar las naves que colonizaron Marte, y que no sucediese nada, si morían por el camino.

El primer ser humano que pisó Titán, no era humano, era como ellos decían. Un híbrido.

Mismo aspecto, misma piel, mismo pelo, misma temperatura corporal, un conocimiento infinito y un procesador de comportamiento social desarrollado de la forma más similar que pudieron al cerebro de un niño.

—El robot aprenderá. — decía el que desarrolló el procesador— igual que aprendemos de pequeños. Jugando, con la experiencia, con las acciones en las que se vea involucrado.

—¿Qué hay de su personalidad? ¿Cómo piensan hacer que unos se distingan de los otros? — preguntó una joven periodista. El informático sonrió.

—Tenemos patrones. Miles de ellos. Tenemos unos que simulan el carácter en función de la fecha de fabricación del robot. Es decir, si usted quiere un robot con el carácter de un cáncer, nosotros a ese robot, les habremos introducido en sus parámetros de comportamiento, rasgos de carácter definidos en base a las características de los cáncer humanos.

—Nunca será lo mismo. — dijo la periodista. Todos la aplaudieron.

Tres meses más tarde, sin embargo, justo cuando estaba sumida en una campaña de desprestigio hacia esa compañía, no había nadie para aplaudir mientras sacaban su cadáver de un río.

Siendo cada vez más eficientes y mejores, los híbridos comenzaron a caminar entre nosotros sin poder ser reconocidos. El test de Turing se quedó obsoleto. La única forma de saber si hablabas con un ser humano o con un híbrido, era rajarle por la mitad y ver si en su interior había vísceras o fibra de vidrio.

Les programaron para aprender a simular el dolor. A ellas las hicieron capaces de imitar orgasmos femeninos. En el año dos mil ochenta y cuatro, un híbrido varón fecundó a una mujer humana. Lo consiguieron mediante ingeniería genética. Semen artificial clonado a raíz de un individuo.

El hecho de recrear el aparato reproductor no fue un problema en sí mismo, pues los híbridos sexuales varones, hacía mucho que simulaban eyaculaciones con un líquido inerte comestible. La leche de híbrido decían. Simplemente cambiaron ese líquido por el semen que habían reproducido en laboratorios, mediante manipulación genética y se lo introdujeron al híbrido. Después, la mujer mantuvo relaciones sexuales con él, algo muy normal en aquella época y el milagro se produjo. Las mujeres ya no necesitarían nunca más a los hombres.

Dios, si alguna vez existió debió de horrorizarse de lo que habíamos conseguido.

Enseguida hubo detractores, y tras dos intentos de homicidio, a esta mujer la llevaron a un lugar secreto a pasar las últimas semanas de gestación. El bebé nació y en las noticias publicaron la foto de la mujer con el niño. El padre híbrido había sido desmantelado un par de meses antes por funcionamiento erróneo. No vivió para llegar a ver a su hijo.

Este hecho marco un antes y un después, ya que, si bien habían sido capaces de reproducir un híbrido con un ser humano, la semilla había sido simplemente clonada a raíz del ADN de un hombre. Los científicos no cejaron en su empeño, y casi una década más tarde, consiguieron crear un óvulo artificial. Un óvulo con la misma carga genética que tendría el de una mujer humana.

Para ese experimento hubo miles y miles de voluntarios. Todos querían ser los elegidos para tener sexo con la híbrida y traer al mundo un bebé con su ADN, sin embargo, no se esperaban la sorpresa que guardaban los científicos. No sería un hombre el que aportaría el semen para fecundarla; sería otro híbrido.

En secreto, a la vez que desarrollaban el óvulo artificial, en Suecia, otro equipo llevaba a cabo el mismo procedimiento con espermatozoides. De una misma biblioteca genética que abarcaba un inmenso búnker subterráneo, sacaron el material para llevar a cabo el desarrollo de la semilla masculina que unirían al óvulo conseguido.

El experimento, el coito entre ambos híbridos, se llevó a cabo durante una semana. Al final, el milagro sucedió. La híbrida mostró en su interior, un proceso avanzado de gestación. Un feto se desarrollaba en su interior.

El ser humano había alcanzado a Dios. Ya no éramos necesarios para perpetuar la especie, todo se podía crear en un laboratorio.

El vientre simulado de la híbrida, había sido fielmente reproducido. Los nutrientes llegaban a la bolsa en la que se desarrollaba el feto, a través de un cordón umbilical. Le suministraron los mismos nutrientes que generaba el cuerpo de una mujer embarazada, y el plazo de tiempo de gestación se redujo en varias semanas. En el último mes, para sorpresa de los científicos, notaron ciertos cambios en el comportamiento de la madre híbrida. Eso puso contentos a los desarrolladores de su procesador de aprendizaje.

—El mayor logro en la historia de la humanidad. — dijo el presentador del Nobel cuando entregó el premio al grupo de científicos— Traer vida artificial a un mundo en el que apenas nacen niños.

Y era verdad, pues la natalidad había sido drásticamente controlada. Campañas de vacunación, componentes nocivos en los alimentos, comida transgénica, todo orientado a hacer que solamente se pudieran reproducir los ricos. La mano de obra barata ya era cosa de los híbridos. Las élites sociales habían descubierto que siendo menos, el mundo era un lugar mejor y más limpio.

El primer bebé híbrido fruto de aquel experimento nació un veinticinco de diciembre de dos mil noventa y cinco.

Muchos dijeron que era casualidad, pero los pocos que por entonces pensaban por sí mismos, supieron ver que había sido un parto provocado por los propios científicos. Era un bebé más, tenía un mechón de pelo rubio, la piel sonrosada, las manos pequeñas y si algo le distinguía, era un detalle peculiar, pero humano, al fin y al cabo.

—La heterocromía fue un capricho mío. — dijo sonriendo una de las ingenieras genéticas en la rueda de prensa. Y los periodistas rieron al unísono.

El niño no tenía culpa de ser quién era, pero pagó el precio. Un suicida se inmoló contra su coche el primer día que iba al colegio. El mundo entero vio aquel circo. Una tragedia sí, pero algo que se palpaba desde hacía tiempo. Desde el mismo momento en que aquellos científicos sentaron a Dios en el banquillo, y comenzaron a crear bebés como si fuesen coches, por catálogo.

—¿Quiere que sea jugador de baloncesto? — preguntaban las vendedoras. Y los padres se miraban emocionados — Podremos hacer que mida un metro noventa— decía ella enseñando los dientes con su sonrisa. Ellos gozaban imaginando lo que iban a presumir con semejante hijo.

Todos perfectos, todos definidos. Ni siquiera tenían que follar, ya lo harían por ellos los híbridos. Luego le entregarían el bebé, y la madre se ahorraría los meses de pilates para recuperar el tipito. Cada vez más, fueron menos los humanos que nacieron libres de una forma natural, fuera de un laboratorio frío.

Los nacidos en esos laboratorios, diseñados por catálogo, eran perfectos. Apenas sufrían trastornos, tenían un físico increíble, una capacidad mental cómo nunca se había conocido, pero en secreto, sin que eso formase parte del catálogo que mostraban a los padres, los científicos, siguiendo estrictas directrices, alteraban ciertos patrones genéticos. Reducían o eliminaban aquellos factores de peligro, que hacían que esos futuros seres "humanos", fuesen más o menos indolentes. Más o menos salvajes. Reducían así, el factor humano, el imprevisible, el que nos distinguía hasta aquel momento de los híbridos.

Dejó de haber tantos crímenes y se redujeron los homicidios. Las muertes violentas y los accidentes por imprudencia casi desaparecieron. Todos los que nacían eran sensatos hasta un extremo desconocido.

Así nací yo, lo hice en el año dos mil ciento catorce, a las siete en punto del primer día del mes de abril. Por entonces, se había llegado a la conclusión por parte de los líderes, que la reproducción debería ser reducida, única y exclusivamente a la llevada a cabo en entornos asistidos.

Prohibieron, por tanto, que el ser humano, se perpetuara por sí mismo.

Crecí y me convertí en un hombre. Entonces me ofrecieron un trabajo muy sencillo. Debía eliminar ciertos modelos de híbridos. Unos modelos que habían sufrido defectos y pensaban, y se comportaban como humanos. Era un trabajo bien pagado y sencillo. Durante años lo hice sin problemas. Más adelante, sin embargo, se volvió más complicado distinguirlos.

Los humanos, eran cada vez menos humanos, y los híbridos más humanos que algunos de ellos. En ciertos modelos, habían desarrollado órganos cómo el cerebro y el corazón. Al principio simplemente como atrezo, pero poco a poco, esos órganos fueron adquiriendo funciones vitales. Sucedía pues, que cuándo le volabas la cabeza a alguno de esos modelos , te ponías perdido de sangre y de sus sesos.

Entonces te encontré a ti.

Te buscaban desde hacía más de diez años, según leí en tu ficha. Llegué a una playa de Vietnam y estabas sentada en la orilla. Mirabas el mar sentada bajo las palmeras. Yo, veterano después de tantos años, era capaz de distinguir en seguida a un híbrido, sin embargo, contigo fue distinto.

Me quedé contemplándote un rato. Había algo en ti. Algo que no era capaz de identificar. Entonces me viste mirándote y sonreíste. Sin saber cómo, me senté a tu lado. En la parte de atrás de mi pantalón escondí la pistola con la que te iba a pegar un tiro.

—Me gusta el mar por las tardes. — me dijiste— Vengo aquí a respirar.

—¿A respirar? — pregunté yo.

—Sí, a respirar de verdad. — respondiste mirándome con tus ojos color mostaza— ¿Tú sabes respirar?

—Claro que sé respirar. — contesté seguro de mí mismo.

—A ver, respira. — sonreíste tú.

—Ya lo estoy haciendo.

—Estás hablando, no respirando. Vamos, hazlo. — y yo me quedé callado mirándote.

Tomé aire en mis pulmones profundamente y lo exhalé despacio.

—No, no, no… — me interrumpiste riendo— Eso no es respirar.

—¿Cómo que no?

—Observa. Esto es respirar. — y cerraste los ojos.

Estabas sentada con la espalda erguida. Por un segundo pensé lo fácil que me resultaría sacar el arma y acabar en un instante contigo.

Cogiste aire lentamente en los pulmones, vi tu abdomen contraerse, tus costillas se marcaron. Te quedaste así un instante, con el pecho henchido y de forma imperceptible lo soltaste durante casi medio minuto. Sin darme cuenta, yo estaba haciendo lo mismo.

—Eso es respirar. Respirar desde aquí. — señalaste mi ombligo— hasta aquí— y señalaste entre mis ojos. Me sonreíste de nuevo, y ahí creo que yo ya estaba perdido—No te preocupes. —susurraste—Yo te enseñaré a respirar.

Así fue como nos conocimos.

En aquella playa respiramos hasta la noche, y al final conseguí entender la enorme diferencia entre hacerlo cómo yo lo hacía, y la forma en que tú me enseñaste. Casi me mareaba, me sentía más ligero, mi cabeza llegaba a flotar respirando a tu manera.

—Así te liberas. — me dijiste. Y era verdad. Me liberé de todo contigo.

Pasamos juntos una semana, y de una forma que nunca entendí, acabé contándote todo sobre mí. Todo. Tú no saliste corriendo, sino que te quedaste conmigo.

—Vine a eliminarte. — tú guardaste silencio— Dicen que te crees humana, que te comportas cómo si fueras uno de nosotros. — me mirabas callada. Acabábamos de hacer el amor en tu habitación. Mi sinceridad surgió porque jamás había sentido nada parecido— Lo cierto, es que no sé qué pensar.

—Sobre qué…— me preguntaste.

—Sobre si eres o no humana.

—¿Tú que crees?

—No lo sé. —respondí acariciando tu pecho. Dejé mi mano quieta. Bajo ella latía un corazón. No sé si salvaje o artificial. — Dímelo tú. ¿Es cierto lo que dicen ellos?

—¿Me matarás si es cierto? — preguntaste acariciando mi pelo. Yo guardé silencio. Miraba hacia la ventana mientras el sol amanecía tras las palmeras más allá del mar. — Sinceramente no lo sé…— noté tristeza en tu voz— No sé si soy humana. No sé si alguno de nosotros lo es. Quizás hace mucho que los humanos nos extinguimos... — te miré a los ojos. Estabas llorando. Me tumbé sobre ti. Quería más de lo que había probado. Nos besamos, hicimos el amor de nuevo y al acabar te dije lo que sentía.

—No podría matarte. Ya no.

Tú te dormiste sobre mi pecho, y noté el pulso de tu corazón relajarse. ¿Era un corazón humano como el mío?

Pasaron las semanas. Las mejores semanas de mi vida, fueron esas que pasé contigo. Buceábamos en las playas, comíamos frutas que jamás había probado, hacíamos hogueras de noche y mirábamos a las estrellas hasta quedarnos dormidos.

—Me preguntas si sé lo que sienten cuando aprieto el gatillo. Me preguntas si tengo remordimientos por las noches cuando me acuesto. — te respondí un día— Me pagan por averiguar dónde se esconden y acabar con ellos. Lo mismo que querían que hiciera contigo. Les consideran peligrosos para la sociedad.

—¿Por qué?

—No lo sé. Por su actitud, porque son terroristas. Porque piensan por sí mismos. No lo sé…

—¿No lo sabes o no lo quieres saber?

—No lo sé… —respondí incómodo— Simplemente, nunca me había cuestionado nada de esto. — tú me mirabas— Ahora, contigo… todo es distinto.

Sonreíste y te colgaste de mi cuello. Luego me dijiste todo lo que pensabas. Me dijiste que el sistema quería eliminar todo rastro de aquellos que no se habían adaptado al Nuevo Orden Establecido.

—Quieren ejecutar a los últimos humanos que quedan de verdad, a esos que tienen sentimientos analógicos. Esos que lloran y ríen a la vez, esos que sufren trastorno bipolar, esos que aman a alguien lejano sólo porque han visto la furia en sus ojos. Esos que darían su vida por un desconocido. Los que arrasarían un bosque para capturar a un enemigo. Los que están descontrolados, esos mismos a los que una canción les pone el vello de punta y buscan en cada pequeña cosa algo intenso y bonito. El sistema quiere eliminar a los que escriben desde el corazón sin más ánimo que motivar. Quieren acabar con los que tienen todavía un lado emocional, los salvajes, los últimos nacidos en libertad. Con esos quieren acabar, con los últimos que realmente nacimos. — y guardaste silencio. Yo me quedé a tu lado, sin decir nada, simplemente estaba procesando todo lo que me habías dicho.

Entonces comprendí lo distinta que eras de todos los otros que había conocido. Algo así no se podía fingir, solamente la naturaleza podría conseguir algo parecido.

Surgiste como surge una roca en mitad del mar, indiferente a todo. Ajena al peligro que suponías para aquellos que navegasen cerca tuya.

Cambiaste mi concepto de la vida y yo, sin percatarme de ello, cambié contigo.

Arrancabas chispas en mi corazón y cada vez que estaba a tu lado quería más.

También me hablaste de tus sueños, de como predecías cosas en ellos.

—Eso no es posible. — respondía yo riendo.

—Se llaman sueños premonitorios. —me decías desayunando sin camiseta— Léelo, está en los libros. — y te reías, porque los libros en papel habían sido prohibidos hacía casi un siglo.

Ver amanecer contigo a mi lado, era lo mejor que me había sucedido pero el tiempo no era nuestro aliado.

Una mañana recibí la llamada de un amigo.

—Van a buscarte. — me dijo. Sabía lo que aquello significaba— Es por el trabajo. Dicen que no lo has cumplido.

—No lo he hecho... —respondí.

—¿Estás loco? Acaba con ella y vuelve. Elimínala y podré hablar con ellos para que te perdonen.

—Gracias, eres un buen amigo. —sonreí— Si tengo que morir, moriré, pero nunca me he sentido tan vivo. — y colgué el teléfono y lo destruí en el fuego.

Desde ese momento, supe que mi futuro estaba extinto.

—No me iré sin ti. —me dijiste— No pienso ir a ninguna parte sin ti. —insististe llorando.

—Debes irte…

—¡Me da igual! — gritaste— En eso se basa ser humanos, ¿entiendes? En eso mismo. — todavía recuerdo tus ojos llenos de lágrimas— En quedarse con la otra persona, en sufrir juntos, pero no separarse jamás. No pienso irme— y te abrazaste a mi cuello llorando.

Y ahí supe que no eras un híbrido. Ninguna máquina podría fingir el dolor de aquella forma. Sentí tu calor, tu pasión. Sentí tu corazón palpitar a mil por hora. Sentí por primera vez en mi vida, la humanidad como jamás la había sentido.

—Ya sé que no te irás. — me miraste— Sé que no lo harás, por eso ya lo he decidido.

—¿Qué estás diciendo? —el mareo comenzó a alcanzarte, y tuve que sujetarte. Te senté en el sofá con cariño. — ¿Qué me has hecho? —preguntaste sudando. Te enseñé el frasco de veneno.

—Te he envenenado. —me tiraste el frasco de la mano

—¡No, no, no! — suplicaste— No por favor, quiero quedarme contigo.

—Te dormirás, y luego despertarás en unas horas. — te dije acariciando tu rostro— Estarás en un lugar lejos de aquí, a salvo de todo. Irás con un buen amigo.

—No, por favor. —apenas podías hablar. Tus ojos se cerraban lentamente— Por favor… — y te quedaste inconsciente allí mismo.

—Cuándo te despiertes, no vuelvas jamás a este sitio. —te seguí susurrando—Huye. Ellos te perseguirán siempre, ¿me has comprendido?

Pero tú estabas dormida ya. Si no lo estuvieras me habrías visto llorar por primera vez en toda mi vida.

Nunca me había sentido tan vivo, nunca había sufrido tal dolor cómo cuándo te metí en aquel barco con mi amigo. Os vi partir desde el muelle. Ni si quiera yo sabía el destino, así, por más que rebuscasen en mi memoria, nunca podrían dar contigo.

Cuando llegaron estaba sentado en el porche mirando el mar. Me detuvieron y trasladaron al centro de internamiento. Al cabo de dos semanas, de mi cuerpo apenas quedaba un amasijo. Mi voluntad, en cambio, era inquebrantable. Palizas, castigos, torturas, pero nada de eso pudo conmigo.

—¿Te has pasado a su bando? — golpe— ¿Sabes que tú también eres un maldito híbrido? — golpe— Sí, tú. Ni siquiera has nacido. Eres un puto híbrido. —risas— No tienes papá ni mamá. Son sólo recuerdos. —golpe y algo que cruje y se rompe con un tremendo dolor— Te hicieron en Polonia en una cadena de montaje. Eres un robot. No tienes alma— golpe. Escupo un diente y sangre— Estás vacío por dentro. Te desconectaremos y dejarás de existir. — un nuevo golpe y un brazo que cuelga roto por el radio— A ella la encontraremos y le haremos lo mismo.

Así durante semanas. Al final, algo en mí se quebró, y dejé de sentir dolor físico. Ahí supe que jamás te encontrarían, me lo dijo algo en mi interior, tú me habías hablado sobre ello.

Creo que lo llamabas intuición.

Entonces se cansaron de mí. Sacaron lo que quedaba de mí en una silla de ruedas y me llevaron a otro edificio. Uno sin ventanas, con paredes acolchadas de color blanco. Dentro había personas con batas. Allí estudiaban al parecer, el comportamiento de ciertos híbridos.

Allí sí que fueron amables conmigo. Cómo me habían roto la espalda no volvería a caminar, pero una enfermera me llevaba en la silla a todos sitios. Me bañaban, me daban de comer y un par de veces al día, tenía entrevistas con los hombres de la bata.

—Así pues, dices que puedes soñar. — me preguntó una vez uno de ellos.

—Por supuesto. —respondí convencido.

—¿Con qué sueñas?

Y sonreí recordándote.

—Sueño con palmeras y una playa. Sueño con algo bonito… A veces, también tengo sueños premonitorios…

—¿Sueños premonitorios? — preguntó con interés— Háblame sobre ellos.

Y yo le conté todo lo que tú me habías enseñado sobre ellos. Y lo tuve que repetir ante otro grupo de científicos.

Sé que buscan sonsacarme información que les ayude a dar contigo. Ayer me dijeron incluso, que podría escribirte esta carta. No te la podré enviar porque realmente no tengo un destino, pero te escribo de todas formas para contarte lo que siento.

Eres lo mejor que me ha ocurrido. Las semanas que pasé a tu lado han merecido la pena, más que el resto de lo que pueda haber vivido. Solamente comencé a sentirme humano cuándo te conocí. Estés donde estés, te quiero, eso ya lo sabes. Espero que no te encuentren jamás, y no te preocupes por mí. Adiós cariño.

El doctor entra en la habitación cuándo terminó de escribir. Me cae bien, es amable conmigo.

—¿De qué hablaremos hoy? — le pregunto.

—No lo sé ¿De qué te gustaría hablar? — me sonríe él, y yo lo miro antes de preguntar.

—¿Tú sabes respirar?

 
 
 

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