top of page

Será lo que tenga que ser




Si me preguntas qué genero me gusta escribir, te diré que la ficción. La ficción histórica, una ficción en la que se mezcla la realidad con una alternativa. La culpa, quizás, la tiene "La princesa Prometida" "Willow", o todos aquellos libros que leía siendo niño.

En todas mis obras trato de mezclar una especie de "realismo mágico" en el que todo es posible y tangible. Una realidad acomodada entre mundos en la queda espacio para la imaginación.

Lo que te dejo hoy aquí es la semilla de una nueva historia. Más grande, más intrépida. Esto es sólo el comienzo. De dónde surge la raíz del árbol de una novela que, algún día ( hay más de una docena de proyectos antes) tomará forma.

La motivó la canción que suena de fondo. A ella, la música, le debo casi todo.

Feliz semana. Mucho amor y un abrazo enorme.

Con cariño. Ramón Otero.

Al alba su figura se recortaba en la puerta. La coraza puesta, la espada colgada del cinturón y su larga capa carmesí hasta los pies.

—Padre… —lo llamé cuando se giraba para marcharse — ¿Te volveré a ver?

Pensó un instante la respuesta. Yo sólo era un niño, pero dentro llevaba un hombre, pues él me había criado bien.

—Será lo que tenga que ser.



Y aquella fría madrugada de invierno, mientras la lluvia arreciaba con fuerza sobre las rocas negras de nuestra tierra, él se marchó.

Y nunca, por más noches que lo lloré, a mi padre lo volví a ver.

Los clanes rivales habían cruzado la frontera ocupando territorios de nuestros aliados, y que como tales, y por ser familia, debíamos defender. Mi padre, como muchos otros, entregó su vida por la lealtad y por querernos defender. Lo hizo por amor, y por el amor que él se llevó me llegó el dolor y con él me tocó vivir, y a la larga, me acostumbré.

Pasaron los años. Mi abuelo, casi ciego y que apenas se podía mover, fue mi maestro en la niñez. Todas las preguntas que me surgían a él se las pregunté y a medida que fui creciendo, él me mostró conocimientos que me costó creer.

—Todo guerrero debe regresar a su hogar. Ya sea con su escudo o sobre él.

—¿Por qué?

—Para consagrar su alma y que esta descanse en paz. Para fundir su espada y su coraza y con ella, forjar la de su heredero.

—Entonces, ¿mi padre no descansa en paz?

Mi abuelo, cuyos ojos estaban velados por una fina neblina pensó antes de responder.



—En el volcán de Abesthos. Allí dónde vive el Dios relámpago, es dónde moran las almas de quienes no pudieron volver.

—La abuela decía que ese lugar era el infierno… —contesté asustado.

—Lo es.

Sentí una profunda pena. Una terrible angustia al pensar en el alma de mi padre, vagando encerrada en el vientre del volcán. Él no se merecía un lugar como aquel.

—¿Qué se puede hacer, abuelo?

Mi abuelo contemplaba el mar ante nosotros. El Océano Oscuro. Un lugar al que todos acudían con sus inquietudes y preguntas sobre el Más Allá. De tanto haber vertido sus preguntas durante siglos, ahora el Océano era capaz de responder a todo.

—Cuando seas adulto… Cuando te hayas convertido en hombre, pregúntale al Océano. Él sabrá qué hacer.


De todos era sabido que el Océano Oscuro no escuchaba a los niños como yo. Tardaría años en poder hablar con él.

—Algún día te tocará ocupar el lugar de tu padre. Tendrás que partir dejando atrás tu hogar y asumir las responsabilidades por las cuales, tarde o temprano, todo hombre debe responder.

Pasaron los años. Mi abuelo, cada vez más anciano, me enseñó a cultivar mi cuerpo y la mente.

—Tan importante es saber matar a un hombre como saber cuidar de él.

Éramos guerreros. Nuestra esencia era esa, pero hombres como mi abuelo convertían la Muerte y la Vida en una filosofía.

Me enseñó a escribir y a leer. A reconocer plantas venenosas y curativas. Ciego casi del todo, cogió mis manos un día y las sostuvo ante mí.

—Con las mismas manos que trabajas la tierra, con las mismas que escribes un poema…Con esas manos acunarás algún día a tu hijo, y matarás a todo aquel que quiera acabar con él. —Años, me llevó comprender aquella enseñanza del todo bien.


—Sé la Tempestad cuando lo debas ser. Sé el murmullo del viento y la brisa suave en los campos de trigo. Sé una sombra para tus enemigos y un faro para tus amigos. Sé todo eso y no sólo uno, porque en la vida, nos toca muchas veces mudarnos de piel.

Los años pasaron, yo me hice hombre, y una mañana, mi abuelo también se fue. Toda su vida había sido un guerrero, pero el Destino quiso que muriese escribiendo un poema. Lloré junto a su cuerpo decrépito y sólo después lo pude leer.

—Volveré. Como todo en esta vida, algún día volveré. Lo haré siendo un cuervo o surgiendo de la tierra como un ciprés. Lo haré para acompañarte en tu viaje, y que sientas que no estás solo en este mundo que, a pesar de haber recorrido por tierra y mar, todavía no conozco bien. Sea como sea, hijo mío… Volveré.

Enterré a mi abuelo en el acantilado negro, frente a su océano. Su vieja coraza, su espada y su escudo los llevé a la fundición y con ellos forjé mi espada, mi escudo y una nueva armadura. En ella inscribí el nombre de mis antepasados y sobre el pecho, un inmenso cracken grabé.



—Quiero salvar el alma de mi padre. Quiero que pueda descansar de una vez —le pregunté una vez al Océano Oscuro.

Mi barba era larga y densa, mi melena también. Había alcanzado la edad adulta, ahora aquel Océano lleno de respuestas me debía responder. Pero calló aquel día y al otro también.

—Quiero salvar el alma de mi padre. Quiero saber si puedo enfrentarme al Dios del relámpago.

No le preguntaba al Océano. Le exigía saber. Pasaron semanas enteras y comencé a odiarlo porque no me contestase ninguna vez.

—¿De qué sirve tener todas las respuestas en un Océano, si nunca te va responder?

Me marché de allí hastiado y entonces la escuché.

—Tal vez las respuestas tardan su tiempo en llegar… —era alta y de piel clara. Su pelo era ceniciento, casi blanco, su coraza, ligera y ajustada, también —. Tu preguntas, el Océano escucha, y luego busca a aquella persona que te pueda responder. ¿Tu abuelo no te habló de ello?



Tenía los ojos amarillos y una cicatriz sobre la mejilla izquierda. Por el escudo que lucía en su pecho la reconocí; era una guerrera del Edén.

Mujeres entrenadas para la guerra. Capaces de actuar como asesinas, o en formación de combate. Sigilosas, insinuantes, curtidas en el arte de la Muerte y sensuales. Letalmente sensuales.

Se colocó ante mí y sonrió sin sonreír. Era ligeramente más alta que yo. Su espada tenía la hoja blanca y una fina línea roja recorría el filo. Sabía, pues así me lo habían contado, que eran capaces de partir a un hombre por la mitad con un solo gesto de su mano.

—Puedes salvar a tu padre. Al Dios del Relámpago hay formas de enfrentarte, pactos que ofrecerle y ofrendas que presentarle, pero nada de eso te garantiza algo que todavía no le has preguntado al Océano.

—¿Qué? — pregunté incapaz de apartar mi mirada de sus ojos amarillos.

—Si de ese volcán, una vez se entra, también se sale.

—¿Se puede hacer?

Se encogió de hombros y pasó el peso de una pierna a la otra.

—Tal vez…

Esta vez sonrió con maldad.

—¿Cuál es tu nombre?

—Eso no es importante.

—¿Qué es para ti lo importante?

—Lo que tú decidas hacer….

—¿Por qué? —pregunté.

Pareció incómoda con aquella pregunta. Sus ojos amarillos bailaron sobre los míos.

—El Océano Oscuro me ha enviado para ayudarte. Así es como trabaja él.

Y yo pensé. Pensé en que toda mi vida había deseado liberar el alma de mi padre de aquel lugar inefable.

—Yo lucho solo.

—Me parece muy bien. Pero estoy en deuda con el Océano. Debo ir contigo para quedar en paz con él. Además, no debes preocuparte. Yo no lucharé… —sonrió y sus ojos brillaron — Yo solamente mataré.

La brisa recorrió las rocas negras sobre las que ambos nos contemplábamos de pie. Algo me dijo que sabía más de lo que me hacía ver.

—¿Te ha dicho algo más el Océano Oscuro?

—Tal vez… —sonrió.

Sonrió, sí. Sonrió. Y yo, joven todavía no supe entonces que tristeza y melancolía es lo que muchas veces hay detrás de la sonrisa de una mujer.

Asentí seguro de que mi destino era salvar el alma de mi padre para que este pudiera descansar y volver a vivir otra vez. Recogí mis pertenencias, cogimos nuestras monturas y al alba del siguiente día, antes de partir hacia un viaje incierto, se lo pregunté.

—¿Volveremos?

Sonrió apretando espuelas a su yegua blanca. Me puse al paso a su lado y la contemplé. Su perfil de pómulos altos, su larga trenza y su armadura inmaculadamente blanca de la cabeza a los pies. Era una asesina sin nombre, y sin embargo, el Océano Oscuro, por una deuda que todavía conocía, me la había enviado como una compañera fiel.

Sobre el horizonte, nubes negras. El aire olía a tierra húmeda. Pronto comenzaría a llover. Mi caballo negro relinchó antes del relámpago y ella con su suave voz, sabiendo algo que tal vez no quería saber, susurró las palabras que yo, siendo niño, a mi padre una vez escuché.


Una frase que define la vida del guerrero. Esa que toma forma a cada paso y es imposible de prever.

—Será lo que tenga que ser.
 
 
 

Comentarios


bottom of page