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Nosotros seremos castreños


Islas Cíes desde el Monte do Facho.

Dicen, que solo el tiempo nos aporta la perspectiva necesaria para valorar ciertos momentos.

Dicen, que es al llegar a viejos, cuando comprendemos lo afortunados que hemos sido en instantes de nuestra vida, que no supimos apreciar cuando sucedieron. Eso al menos, es lo que dicen los que peinan canas. Vosotros, a quienes os cuento esto.

Hace no demasiadas generaciones, en un mismo hogar convivían abuelos, padres y nietos. Así venía siendo desde el origen remoto de nuestra cultura, allá por la Edad del Hierro, cuando comenzaron a definirse las formas de vida de los castreños, antiguos habitantes de nuestra tierra, a los cuales hoy, todavía, buena parte de nuestra cultura y creencias debemos.

Pues bien, ya en los lejanos castros, como el del Facho (un vestigio arqueológico espectacular de nuestro pasado), los mayores eran los encargados de trasladar el saber del pueblo a sus nietos. Lo hacían las abuelas cantando canciones sobre historias de amor prohibido, sobre la siembra y el marisqueo. Lo hacían los abuelos, junto al fuego cuando el sol se ponía, narrando leyendas y cuentos a los pequeños, que en silencio, escuchaban con los ojos bien abiertos.

El saber de años y años, se transmitía de boca en boca, y la cultura se mantenía muy a pesar del tiempo.

Las experiencias de los ancianos, eran escuchadas de su propia voz por sus nietos, y así estos, aprendían a valorar el trabajo, el esfuerzo, o lo duro de sacar adelante una familia en una época, en la que el mundo, era todavía un lugar incierto.

Cerremos los ojos. Imaginémonos un atardecer de verano en lo alto del Monte do Facho. A nuestra izquierda las Cíes, a la derecha, a lo lejos, el faro de la isla de Ons, solo que no hay faro, ni barcos en el mar, pues hemos despertado en otro tiempo.

No vemos las luces de la ría de Vigo, ni de Aldán. A lo sumo hogueras encendidas a lo lejos. Huele a humo y nada contamina con su luz, lo oscuro de la noche en el cielo. Vemos estrellas que jamás habíamos visto, y un escalofrío nos recorre el cuerpo, pues más allá de las murallas del castro en el que estamos, el bosque de castaños se nos antoja intimidante, amenazador. Negro.

Es una época de superstición en la que los cuentos que se narran junto al fuego, todavía están lejos de convertirse en las leyendas que nosotros conoceremos luego. Es una época de supervivencia, en la que, sin vacunas ni sanidad, es todo un logro llegar a la pubertad. Una época en la que estábamos en contacto con la naturaleza de un modo íntimo y directo. Una, que ahora nos resulta extraña, viviendo en apartamentos construidos con ladrillo, hormigón y acero.

Abramos los ojos. Seguimos en el mismo lugar. El faro de Ons y el de Cabo Home a nuestra izquierda, nos indican que estamos de vuelta en nuestro tiempo. Una época también incierta en determinados aspectos. Superar la infancia no es un logro ya, sin embargo, sí que lo es preservar la cultura que hemos heredado de nuestros ancestros.

Los abuelos no viven ya con los nietos. No hay noches junto a las hogueras, y las viejas “cantigas” de nuestras abuelas, lentamente las está devorando el tiempo.

Si peinas canas y lees esto, si eres de esos abuelos que veo en el parque junto a sus nietos, o de los que los únicamente está con ellos los domingos cuando vienen a comer el cocido, hay algo que te encomiendo. Es un deber que recae en ti, porque gracias al Destino, has llegado a “viejo”.

Coge a tus pequeños, siéntalos a tu alrededor, si puede ser cuando caiga la noche, en tu jardín junto a un fuego. Hazlo en su habitación si quieres, acomódalos en tus rodillas y mirándolos a los ojos, diles que te escuchen en silencio.

Entonces, cuando tengas su atención, cuéntales las historias que te ha regalado el tiempo. Historias que hayas vivido. Historias que recuerdes de tus abuelos. Historias de dónde vivimos, y de cómo eran las cosas cuando tú eras pequeño. Hazlo no por ti, sino por ellos, pues tú, siendo ya veterano de esta vida, eres su máquina del tiempo particular, a una época que muchos de nosotros ya no conoceremos.

En ti, en vosotros, habita la cultura y la tradición de nuestra tierra y nuestro pueblo.

De ahí que esta labor sea básica para que sobrevivamos a la Historia y en el futuro, no se pierda nuestro conocimiento.

Los jóvenes, y no tan jóvenes ya, creemos que jamás envejeceremos. Vosotros sin embargo, ya conocéis los trucos que la vida se guarda a medida que pasa el Tiempo.

Por eso os necesitamos, pues para las generaciones del futuro...

nosotros seremos castreños.
 
 
 

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