Mi motivo para seguir luchando
- Ramón Otero

- 21 mar 2022
- 4 min de lectura

Me mira con los ojos abiertos como platos y sonríe antes de seguir riendo y gritando. A veces, camina empujando su cochecito, otras, se mueve gateando. Es un salvaje. Es temerario, es intrépido, y tenaz. Si quiere algo no ceja en su empeño de lograrlo. Es fuerte, pero si la vida le duele, no teme llorar en mis brazos. Sonríe sin complejos, mira a los ojos y siempre dice lo que piensa sin dudarlo.
Es un aventurero y a la vez, un recién llegado.
Llegamos siendo livianos, pero la vida se empeña en lastrarnos.
Hace dos mil años, Europa era un sueño todavía demasiado lejano. Hace dos mil años, Roma era la Luz, el conocimiento, la esperanza y la ilusión. Lo era por encima de las culturas que poco a poco fenecían ante la romanización. La hegemonía del imperio romano que hicieron grande nombres como Adriano y Marco Aurelio, se imponía sobre una vasta extensión de territorio, que sucumbía ante la efectividad de sus ejércitos, o ante su seductora oferta de progreso, comercio y cambios.
Era aquel lejano mundo, un lugar que buscaba su equilibrio, y por ello había roces, rivalidades, enfrentamientos, guerras, crueldad y en muchos casos devastación. Lo hubo en el bosque de Teutoburgo, y también en el Monte Medulio. Lo hubo en la tierra de los Corsos, y como no, en mi tierra, esa situada al oeste de Hispania, al norte de Lusitania. La tierra en la que cada día se ponía el sol.
Adaptarse o morir. Luchar o morir. Los poblados podían elegir entre negociar con los tribunos, o claudicar ante un centurión romano. Miles de soldados conformaban las filas de las diferentes legiones. Soldados que pasaban largas campañas lejos de su hogar. Eran hombres que tenían familia, y que cada noche añoraban a sus hijos e hijas al calor de la lumbre mientras afilaban su gladius, y escuchaban a algún hermano de armas cantar una canción de cuna.
Porque esos soldados, que quizás en la lejanía del tiempo tendemos a imaginar impersonales y carentes de sentimientos bajo sus armaduras, estaban lejos de serlo, ya que no eran ni más ni menos que lo que nosotros somos hoy; seres humanos buscándose la vida, dando de sí lo mejor.
Bajo nuestra piel, independientemente de nuestra raza, condición, sexo, religión o color, siempre están las mismas fichas. En todos nosotros, están los mismo elementos repetidos, lo que varía sin embargo, son las prioridades, y los límites que nos marquemos para alcanzar eso que deseamos.
Sueños. Miedos. Anhelos. Secretos. Amor.
De eso nos tejemos. De eso estamos hechos, y en pos de ello nos movemos a lo largo de nuestra vida. Toda persona que se precie tiene un rumbo marcado. El primer paso de un viaje es saber a dónde vamos, y la vida no es otra cosa que un viaje.
Alguien dijo una vez, que no hay seres humanos malos, sino mal encaminados. Yo disiento.
El mal existe, el mal habita entre nosotros y dirige nuestra sociedad hace siglos. Si el mundo lo dirigiesen buenas personas, no sucedería nada de lo que está pasando. Si el mundo estuviese en manos de seres humanos justos y honrados, la Tierra sería un lugar unificado, pacífico, en el cual el progreso común prevalecería sobre cualquier otro tipo de interés. Los avances serían compartidos, no ocultados. Los fanáticos denostados, no alabados. La codicia no tendría cabida, pues la solidaridad y la generosidad inherente a nuestra condición, se encargarían de dejarla de lado. Si los que tejen los hilos fuesen bondadosos, el equilibrio sería el estado habitual en lugar del caos. Pero no dirigen los buenos, sino los malos.
Y el mundo es negro, y está en guerra, y pasa hambre, y sufre crisis e injusticias, y está crispado... Pero entonces lo veo a mi lado, sonriendo, con sus tres dientes asomando, y me trago el mundo y lo escondo tras de mí, porque para él, soy ese centurión romano que lo protege, y al que acude buscando cobijo y un abrazo.
Todos debemos luchar por algo.
Y yo lucho, y a pesar de que veo las nubes negras en el horizonte, me empeño en que todo a su alrededor esté coloreado. El azul del cielo con las nubes en blanco. El verde de la hierba, y el turquesa de las playas que tantas tardes visitamos. El amarillo del patito de la bañera, y el rojo de la máscara de Deadpool a la que en ocasiones se queda mirando.
Hace dos mil años, aquellos legionarios romanos abandonaban su hogar luchando por Roma y la Legión. Lo hacían porque creían que Roma era lo mejor.
A mí, a ti, que estás al otro lado, nos toca luchar piel con piel por lo que creemos adecuado. Mi lucha es porque él vea los colores de un mundo salvaje, hermoso y mágico, que ellos, las malas personas que nos gobiernan, se empeñan en robarnos.
Subiré las montañas que hagan falta, empuñará una o cien espadas, lo haré cuando, donde, y contra quien haga falta, pues ese es mi trabajo. Es el tuyo contigo misma, o con esos que están a tu lado. Es tu labor como padre y abuelo. Es tu responsabilidad como amiga, o hermana. Es eso por lo que cada día madrugas, y te marcas un rumbo claro. Es la fuerza que te motiva y la que te hace sonreír aunque estés rota por dentro cuando él está mirando.
Porque todos somos ese solitario soldado romano. Todos luchamos por algo, y todos damos nuestra mejor versión por un motivo honrado.
Mañana cumplirá un año. Un año desde que llegó para cambiarlo todo. Un año de aprender y disfrutar. Un año de improvisar y aprender a valorar que la salud de los que queremos es nuestro bien más preciado.
Feliz cumpleaños al amante de la velocidad, al amigo de los dinosaurios, y a uno de los seres más expresivos que conozco, pues sin decir una palabra, hay que ver lo bien que nos comunicamos.
Feliz cumpleaños Dylan. Tu eres...
Mi motivo para seguir luchando.









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