El mar y sus secretos.
- Ramón Otero

- 21 feb 2022
- 4 min de lectura

Dicen que las leyendas no tienen cabida en el mundo moderno. Dicen que todo ha sido ya descubierto, y que los mapas están ya completos. Dicen que la magia no existe y que somos únicamente todo aquello que tocamos y vemos.
Pero yo sé que no es cierto.
Somos mucho más que eso. Somos infinitos y los mapas están lejos de mostrarse completos. Quedan lugares por descubrir, y la magia, es el nombre tras el que se oculta todo aquello que desconocemos.
Pensamos que conocemos todo, pero solo lo decimos porque nuestro desconocimiento es inmenso.
Hay un lugar que nos es familiar y la vez nos infunde un profundo respeto. Es nuestro origen, pues de él venimos, y muchas veces a él volvemos. Es la representación más contundente de la fuerza de la naturaleza, es belleza y a la vez miedo. Es el mar. Es el océano.
El mar lleva toda la vida junto al ser humano. A su lado, han crecido las ciudades más grandes del mundo antiguo y moderno. (Alejandría, Atenas, Estambul, New York...) El mar nos llama de un modo primigenio a que nos aventuremos en él. Lo lleva haciendo siglos, desde que los primeros navegantes, en barcos de madera, se adentraban en lo desconocido buscando dejar su nombre escrito en las páginas de la historia. Son Magallanes y Urzaiz, Elcano y Colón. Navegantes que cruzaron océanos siguiendo únicamente las estrellas que brillaban en el cielo.
El mar tiene la magia escondida en sus profundidades.
En lo oscuro, donde la luz no es capaz de alcanzar, ahí es donde habita el misterio de su interior. La Mar, con nombre de mujer, pues por ella se siente amor verdadero. La Mar infunde cierta melancolía y evoca soledad. Es parte de su belleza, supongo.
Para mí, el mar ha sido un refugio. Las épocas que me ha tocado vivir lejos, siempre ha sido lo que más he echado de menos. Durante la mayor parte de mi vida adulta, he navegado, remado y disfrutado del Mediterráneo, y es un mar al que tengo cariño y también respeto. Sus playas son apacibles, sus aguas cálidas y cristalinas, pero cuando se enfada, es un mar duro y complicado de entender.
Serrat tenía su Mediterráneo, yo, sin embargo, me quedo con mi Atlántico.
Su nombre, Atlántico, tiene su origen allá por el siglo VI a.C. Hay varias teorías sobre su etimología. Algunos dicen, que los griegos lo bautizaron así en honor al coloso Atlas. Otros cuentan que Herodoto, comenzó a denominar Atlántico, al mar que comenzaba más allá de las columnas de Hércules, debido a los atlantes que habitaban en la zona del actual Marruecos, en la cordillera del Atlas.
Es el segundo océano más grande de la Tierra, y en sus profundidades alberga secretos. Miles de secretos. Uno de ellos, poco conocido, es el hecho de que en su zona media, una cordillera submarina aleja cada año los continentes de América y África a un ritmo de cuatro centímetros por año, debido a un afloramiento de material.
Hay secretos en forma de leyenda, como el de la Atlántida, ese supuesto continente descrito ya por Platón, y secretos como el mapa de Piri Reis, un navegante que dejó cartografiada la costa del Atlántico hasta la Antártida, trescientos años antes de que, en teoría, esta fuese descubierta.
Pero los mayores misterios de un océano, son los que oculta en sus profundidades. Allí es donde reposan las historias de navegaciones que jamás regresaron a puerto. Es en el Atlántico norte, en Terranova, donde descansan muchas de estas historias. Algunas perduran en el tiempo y se convierten en leyenda, como la del Titanic. Otras pasan más desapercibidas, aunque todavía se recuerdan, como la del Andrea Gail, y después, tenemos las nuestras. Esas que nos tocan de cerca.
Cada año, el mar se cobra un precio.
Son decenas, los marineros que cada año pierden la vida en el mar. Algunas veces sucede en las rocas, otras durante una tormenta. En ocasiones, las familias pueden llevar a cabo un entierro, otras veces, el dolor de la incertidumbre se prolonga durante años, pues el casco del barco arrastra al fondo del mar la vida de los que navegaban dentro.
El Villa de Pitanxo, es ahora una de esas historias que recordaremos durante mucho tiempo. Las aguas del Atlántico norte, son unas de las zonas más peligrosas para navegar durante una tormenta. Sin embargo, es allí donde se encuentran los caladeros más grandes, y por tanto, donde más se pesca.
No será la última tragedia que nos toque vivir de cerca. El mar tiene eso, aporta vida y riqueza, pero a cambio, cuando libera su fuerza, es incontrolable, salvaje y capaz de destruir cualquier embarcación por moderna que sea.
Al igual que profundas son sus aguas, también lo son sus historias. En todos los puertos se habla de ellas. Se hace con respeto, cruzando los dedos o tocando madera para invocar la buena suerte en futuras mareas.
El Villa de Pitanxo, es ya parte de ese inmenso océano lleno de recuerdos. Recuerdos de padres e hijos que se despidieron una última vez dejando a sus familias en puerto y ya nunca más volvieron...
Cosas del mar, supongo, pues si algo tiene el mar, en el fondo, son secretos.
| Dedicado a los marineros fallecidos en el Villa de Pitanxo y a sus familias |









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