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Corazón Salvaje


Corazón Salvaje

Hoy os dejo por aquí uno de mis primeros relatos. Corazón Salvaje tiene su espacio en mi primer libro, Relatos para soñar, obra que he vuelto a reeditar y de la que os dejo el enlace aquí. Feliz semana a todos, y gracias por estar ahí.


Corazón Salvaje

Me lo trajeron los indios una tarde de noviembre. Recuerdo que llovía cuando los vi aparecer por el camino. En su dialecto, fue Águila Negra el que me contó lo sucedido.

—Esta mañana han encontrado a su madre en el prado. Un lobo la había atacado y se estaba desangrando. Al ver que dentro llevaba una cría, tuvimos que elegir. La madre o él. — y señaló una manta en la que habían envuelto al potrillo. —Es el último que queda Salvaje. — me dijeron los indios.

Supe que era grave pues habían recurrido a mí.

Destinado a estar maldito, el último Corazón salvaje nacido en libertad, se debatía en la lucha de quedarse en este mundo, o marcharse tras su madre, a un lugar indefinido. Era muy pequeño, demasiado para un animal de su especie. Su corazón latía suave bajo aquella manta. Su pelaje era negro. Negro como la noche.

—Lluvia Repentina dice que sólo tú puedes salvarle. Que llevas dentro el lugar para curar este Corazón Salvaje.

Lluvia Repentina era el jefe de su tribu. Los sueños se mostraban ante él de una forma tan clara, como conmigo lo hacían los libros. A través de ellos, era capaz de conocer los hechos que estaban por venir, y más de una vez me advirtió de acontecimientos relacionados conmigo. Le profesaba un gran respeto, pero viendo el estado de aquel Corazón Salvaje, no pude sino dudar de que lo que el jefe indio había dicho.

—Haré todo lo que esté en mi mano. — respondí a Águila Negra.

Él puso aquella manta en mis brazos, y vi que apenas pesaba. Dentro, el pequeño potro nacido semanas antes de tiempo, respiraba suave. Su olor a recién nacido me transmitió un sentimiento que no recordaba desde tiempo atrás. Cariño.

Así pues, me hice cargo de cuidarle y de tratar de conseguir que siguiera entre los vivos. Por las noches le alimentaba y daba el calor de mi cuerpo, después me dormía a su lado. En la madrugada me despertaba sobresaltado, pensando que había dejado de latir, pero entonces le veía a mi lado respirando, me tranquilizaba y me volvía a dormir. Por las mañanas, hambriento, era él quién me despertaba con su hocico.

—Está bien, está bien… — ya me levanto — Y preparaba gachas para los dos, y fruta para él.

Le enseñé a caminar, y le escuché llorar al caerse. Luego aprendió a ir al trote corriendo conmigo. Con sus patas aún a medio formar, no era fácil para él conseguir mantener el equilibrio. Jamás le corté el pelo, se lo dejé crecer largo y negro. Una vez aprendió a caminar, quiso correr, así que le llevé al prado. Daba vueltas a mi alrededor mientras corría y se encabritaba jugando. Era ya un corazón fuerte, su pelo brillaba sano bajo el sol, y sus músculos se tensaban de tanto ejercicio.

Los indios venían a verle correr, sonreían y hablaban en dialectos para mí desconocidos. Por las noches, en la hoguera, me sentaba con ellos y bebía de sus tazas. Sin saber cómo, acabé entendiendo sus historias, y así, junto al fuego, escuché a Lluvia Repentina hablar de la historia de su pueblo.

—Hace miles de años, de las estrellas vinieron los que trajeron la sabiduría. Ellos enseñaros a nuestros antepasados a cultivar la tierra, también cómo criar a nuestros hijos. Les contaron secretos sobre la energía de la Tierra, y que debemos cuidarla, pues nos mantenemos con ella en equilibrio. Si has de cazar para comer, deberás pedir perdón al espíritu del animal por haberlo cazado. Los que vinieron del Cielo, enseñaron a nuestros antepasados a mirar en las estrellas y saber entender el futuro para poder predecirlo. Un día, tras muchos años viviendo con nuestro pueblo, se marcharon de nuevo de vuelta al Cielo, pero les dijeron a nuestros antepasados, que cuando el ciclo se cumpliera, volverían para quedarse entre nosotros. — así fue como Lluvia Repentina me lo dijo.

—Somos todos lo mismo. La misma energía. — respondí.

Águila Negra me miró sonriendo.

—Muy bien. — y me dio una palmada en el hombro— Aprendes rápido.

Yo no entendía por qué se alegraba tanto, después me lo explicó. Sin saberlo, había hablado en su dialecto, lo había hecho cómo uno más de ellos, y es que los últimos meses mi única compañía habían sido Corazón Salvaje, y aquel pueblo de indios.

Esa noche, bailamos alrededor de la hoguera, y cantamos canciones que alegraban el espíritu. Adoptado por aquel pueblo, me convertí en uno más de ellos, y cada noche Lluvia Repentina, mediante cuentos, me llevó hacia atrás en el tiempo a lugares desconocidos.

De esos lugares me traje leyendas, historias de amor, y de amor verdadero. Me traje el conocimiento que los hombres de las estrellas dieron a su pueblo, y secretos que no se debían contar a nadie que no fuese un Sioux.

Corazón Salvaje se convirtió en un caballo adulto, y comencé a montar con él a diario. Por las mañanas cruzábamos el río y subíamos por el paso de las montañas. Allí vimos algún oso pescando las truchas que remontaban el río. Al llegar a los prados cercanos a la cumbre de la montaña, yo me detenía a recoger plantas con las que elaborar mis remedios, y él se ponía a correr con sus crines al viento relinchando. Cuando yo terminaba, él acudía a mi lado con un simple silbido. Entonces regresábamos a casa por otro camino, y allí veíamos enormes y majestuosos cóndores surcando el cielo.

Una tarde, Lluvia Repentina apareció mientras Corazón Salvaje corría a mi alrededor.

—Te ha escogido. — me dijo— Por más que os alejéis, él y tú, estaréis por siempre unidos.

Y supe que era cierto. Yo también lo había sentido.

Jamás le domestiqué. Nunca traté de herrarle ni ensillarle. No me consideraba su dueño, sino su amigo. Simplemente nos entendíamos, sabíamos que éramos iguales, él no era menos que yo, solo más joven. Yo le mantuve con vida cuándo me lo trajeron, le di sustento y calor, él en cambio me dio la lección que nunca me pudieron dar los libros.

—Lo que nace Salvaje, debe permanecer siempre Salvaje. — me decían los indios.

Él me veía a mí y yo le veía a él. Ése fue nuestro equilibrio.

Una tarde que estábamos en el río, yo me bañaba desnudo y él más arriba jugaba en el agua. Estaba sediento, había sido un día de arduo camino. Entonces, se acercó y me golpeó cariñosamente con su hocico. Le acaricié entre los ojos, allí donde tenía una cicatriz que se había hecho con un espino. Él me siguió empujando y entonces comprendí que quería decirme algo. Percibí que de algún modo me hizo entender, un “Gracias”. “Gracias por todo, por cuidarme, por tu amor, por salvarme. Gracias por enseñarme a correr contigo.”

No sé cómo lo sentí, quizás del mismo modo que sin comprenderlo, había aprendido el dialecto de los indios. Los dos éramos salvajes, cada uno tenía su libertad y su camino, pero de ahora en adelante tal y como Lluvia Repentina había dicho, Corazón Salvaje y yo, estaríamos siempre unidos.

Una mañana, una manada de caballos salvajes apareció pastando junto a mi casa. Cuando los vio, se acercó a ellos. Los demás le aceptaron y él corrió a su lado. Yo los miraba desde la valla. Se alejaban y jugaban entre ellos, desparecían tras los árboles, y luego volvían a aparecer al otro lado. Le vi en toda su esencia, y supe que yo ya había cumplido mi cometido.

Pasé el día viéndolos en el prado, y a última hora de la tarde, lo vi acercarse. Lo hizo despacio, caminando lentamente, mirando al suelo, con las crines sueltas y brillantes. Venía a despedirse de mí. Colocó su hocico bajo mi hombro, y me empujó con cariño. Yo le abracé el cuello, y nos quedamos así largo rato.

Sentía su Corazón Salvaje latiendo.

El mismo que me habían traído envuelto en una manta años atrás los indios. Aquella noche era débil y pequeño, ahora era fuerte y grande, y sabía que seguiría latiendo durante mucho tiempo. Quietos, uno junto al otro, así nos quedamos. Yo escuchando su corazón, él supongo que también escuchaba el mío.

Después caminó hacia atrás unos pasos. La manada comenzó a trotar y se alejó. Él se me quedó mirando, sus patas golpeaban el suelo. Resoplaba inquieto.

Se lo dije a él, me lo dije a mí mismo.

—Vete. Es tu camino. —arañó el suelo y se encabritó. — ¡Corre! —grité sonriendo.

Se giró y corrió con los demás. Cruzaron el prado al galope, y llegaron a lo alto de la colina. Los demás se perdieron tras ella, pero él se paró para mirarme una última vez. Yo levanté la mano, y el relinchó alzándose sobre sus patas traseras.

—Adiós, amigo mío. — susurré y desapareció tras la manada.

Me quedé mirando por dónde se había ido. Recordé cuando me lo habían traído, recién nacido y con la vida pendiendo de un hilo. Recordé alimentarle y cuando comenzaba a andar. Recordé hablarle de todo mientras caminaba detrás mío. Quise llorar, pero no pude. Estaba feliz por él, porque ése era su camino.

Los indios vinieron esa noche, y bailamos y bebimos. La vida para ellos es un círculo. No hay un principio ni un fin. Todo gira y regresa. Todo está relacionado, y la mayor belleza de algo está en respetar su Naturaleza. No somos dueños de nada, ni de las personas, ni de los animales, ni de lo que nos rodea.

No somos los dueños de nuestro Destino.

Así te conté la historia de aquel Corazón Salvaje que vivió conmigo. Lo que aprendí con él, lo usé contigo. Respeté tu Naturaleza, vi la fuerza en tus ojos, supe quién eras desde el principio. Tú me dijiste:

—Soy distinta a todo lo que has conocido.

—Lo sé… —respondí— Si no lo fueras, no estaría aquí contigo.

Ahora te sientas a la hoguera a mi lado y hablas con los indios. Te escucho hablar su dialecto, ése que tan rápido has aprendido. Te pintan la cara con pinturas de Guerra y llevas plumas en tu pelo.

Yo te observo de reojo, te escucho y pienso que, un Corazón Salvaje duerme cada noche conmigo de nuevo. 


 
 
 

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