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Mama




Llegas al final y las páginas de tu guión terminan. Has dado todos los besos que tenías que dar, has pronunciado todas y cada una de tus palabras. Has gastado hasta el último centavo de tu vida y esta, lo quieras o no, se acaba.

¿Lo has hecho bien? ¿Lo has hecho mal? El público se queda indiferente ante ti o se pone en pie y se convierte en un aplauso atronador que nunca acaba. No quieren que te vayas, ves lágrimas entre rostros conocidos. Ves amigos que nunca volverás a abrazar y a aquella persona que te amó de verdad y dejaste en la estacada.

—Es la hora —susurra el regidor entre bambalinas y tú tiemblas ante el paso que te aguarda.

No quieres darlo. No quieres dejar esta vida porque es la única que conoces, por eso te aferras a ella y gritas, y gruñes y muerdes y arañas. Haces lo indecible para que no termine la función porque en todos los años que has vivido, sometido por todo lo que te rodeaba no has tenido tiempo para cuestionarte tu propia existencia. No has llegado a ninguna conclusión sobre si hay algo más allá del telón que lentamente cae, o si una vez este se cierra, simplemente, todo acaba.


Estás aterrado ante la idea de qué te aguarda, por eso, yaciendo en la cama de ese hospital, agarras las sábanas y susurras el nombre de aquella que tenía todas las respuestas cada noche cuando llorabas.

—Mama…




La Tierra desde la Cassini en las inmediaciones de Saturno. NASA


“Mira de nuevo ese punto. Ese que está aquí. Ese es el hogar. Ese somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos los que has oído hablar, cada ser humano que haya existido, vivió ahí su vida”. No son palabras mías, sino de Carl Sagan.

Eso fue lo que dijo treinta años atrás después de ver una imagen de la tierra desde la sonda Voyager 1 que la nave tomó a seis mil millones de kilómetros de la tierra mientras se alejaba del sistema solar rumbo a la misión que le había sido encomendada.

A día de hoy, la Voyager 1 es el primer objeto creado por el ser humano que ha salido del sistema solar. En ella, los científicos que la diseñaron, colocaron un disco de oro en el que grabaron mensajes en decenas de idiomas de la tierra. Grabaron en él sonidos de nuestro planeta, como el de los mares, el susurro de los bosques, la sonrisa de un niño, y canciones de música clásica. Hay también un rudimentario mapa del sistema solar que indica la procedencia de la sonda por si alguien, algún día la encuentra y una representación del cuerpo de un hombre y de una mujer de la tierra.


Disco de oro y mensajes grabados en la sonda Voyager 1.



La Voyager jamás dejará de viajar. Se adentrará en la oscuridad del espacio profundo en la más inmensa soledad. Navegará incluso cuando ya no quede nadie para recibir sus mensajes en la tierra. Lo hará indiferente al paso del tiempo, pues cuando los científicos la crearon, le asignaron un cometido claro; viajar más allá de nuestra estrella.

Todos y cada uno de nosotros somos como la Voyager, viajando a través del espacio y el tiempo. Lo hacemos contra nuestra voluntad, pues por más que queramos no podemos evitarlo.

La tercera ley de Newton, Interstellar…¿recuerdas?

-Para avanzar, siempre hay que dejar algo atrás.

La Voyager dejó atrás el sistema solar para continuar con su cometido más allá. Nosotros, dejamos atrás una vida para continuar. Es algo que sucede lo queramos o no. Es un hecho inalterable, inherente a la humanidad.

“Para aprender a vivir, hay que aprender a morir”. Es algo que una vez comprendes y asimilas hace que nada sea tan importante y que todo, sea algo por lo que merezca la pena luchar. Es complicado, lo sé, he tardado varias vidas en comprender esa gran verdad.

Cuando éramos niños deseábamos que llegase la hora del recreo para poder salir al patio a jugar. Los nervios de mirar el reloj sabiendo que la campana iba a sonar. Daba igual que diluviase. Había que jugar el partido, o a los tazos, o al trompo, o a lo que fuera. Esa media hora la pasábamos aprovechando cada instante al máximo precisamente por eso, porque había un reloj que desde el momento que el recreo comenzaba, nos indicaba que quedaba un segundo menos para terminar.

Y tras media hora la campana sonaba y volvías a clase a regañadientes, pero lo hacías con la ilusión de saber que al día siguiente, el timbre de inicio del recreo volvería a sonar y volverías a tener media hora para jugar. Por eso era todo tan intenso, porque sabías que tenías un tiempo limitado.

Para mí la vida es ese recreo. Un corto espacio de tiempo entre otras experiencias que la inmensa mayoría de los mortales no percibimos ni vemos. La única diferencia, es que nosotros no sabemos cuándo va a sonar esa campana para avisarnos de que esto se acaba. Y cometemos el error de creer que todo es eterno.

El gran error de la sociedad moderna, es negar la verdad de la que antes te hablaba. Hay que aprender a morir, para saber vivir una vida equilibrada.

¿Qué merece la pena? ¿Qué vale mi esfuerzo? ¿Cómo me juzgará el tiempo? ¿Habré desaprovechado mi único recreo? ¿Habrá otro mañana?

Preguntas para las que no hay respuesta en ninguna religión, pues del mismo modo que la singularidad de Gargantúa se ocultaba en el interior del agujero negro, las respuestas a las preguntas sobre qué es realmente la Vida, es la Muerte quien las guarda.


Gargantúa y el planeta de Miller

Aprendiendo a morir sabrás apreciar la simplicidad de las cosas que más importante, y dejarás de perder tiempo con aquellas que no te aportan nada.

Cuando viajas cruzando Europa en tren, haciendo el camino de Santiago o con una ONG a través del Sáhara, aprendes una de las cosas más importantes que puede aprender un viajero; a hacer la mochila. En el primer viaje te sobran la mitad de cosas. En los siguientes eliminas bártulos y finalmente terminas quedándote con lo necesario.

—Sólo necesito esto para vivir. Un hogar. Amor. Un abrazo. Escribir para poder respirar. El sol y saber que tengo cerca el mar.

¿Cuáles son tus prioridades? ¿Qué sientes que te está sobrando? Una persona, bienes materiales, recuerdos del pasado. Hay miles de cosas que cargamos por culpa del “por si acaso”. Que le jodan al por si acaso. Viaja ligero, simplifica y si algo necesitamos por el camino, haremos como lleva haciendo millones de años el ser humano; iremos improvisando.

Quédate con lo justo y necesario para disfrutar el recreo. Elige bien el tiempo y los compañeros con los que estás jugando. Crea recuerdos para revivirlos con el paso de los años y aprende que en la vida no hay timbre para avisarnos de que nuestro tiempo está terminando.

Te llevará años aprender a morir, pero cuando al fin lo consigas, cuando sientas que estás en paz contigo misma y pienses que si todo acaba habrá merecido la pena lo que has logrado, entonces estarás preparada para vivir por encima de las trampas que nos ponen para que caigamos.

Todo es lo más importante. Nada es tan importante. Esa es la clave de la vida. Ese, es el objetivo al que una vez llegas, comprendes por fin que has cambiado.

Y entonces, cuando al final de la función te veas sobre el escenario, rodeada de oscuridad, con el único foco apuntándote, sonreirás llorando. Y el público se pondrá en pie y el anfiteatro de tu vida se llenará con el aplauso atronador de aquellos que te amaron, de aquellos que no supiste amar y de aquellos que se fueron antes que tú y ahora te están esperando.

Y llorarás de emoción porque la vida ha terminado. Lo harás susurrando el nombre de quien estaba cada noche a tu lado cuando tenías pesadillas. La misma que te acariciaba el pelo para que te durmieras y a esa que pasó toda su vida protegiéndote de que no sufrieras ningún daño.

Llegamos a esta vida solos y llorando. Cuando termina, si hemos hecho bien las cosas, estaremos solos sí, pero con una sonrisa en los labios, en paz con nosotros mismos y susurrando el nombre de esa que nos trajo al mundo y que siempre, siempre, ha estado a nuestro lado.


—Mama.
 
 
 

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